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EL ODIO Y EL CRIMEN EN LOS TIEMPOS DEL NEOLIBERALISMO

por • 23 Enero, 2017 • ColumnasComments (0)370

 

Hace exactamente un año atrás fue asesinado brutalmente un joven vecino de nuestra comuna, Luciano Olivos, siendo apuñalado múltiples veces en su tórax por el mero hecho de vestir la camiseta del club deportivo Colo-Colo ante un grupo de barristas de Universidad de Chile. Luciano, que era un reconocido amante de la cultura y estaba cursando sus primeros años como estudiante de Teatro, únicamente buscaba sorprender a su polola con este gesto. Da tristeza constatar que su caso no es único crimen de odio que ha tenido que conocer nuestro país.

¿De dónde proviene esta avalancha de agresividad que inunda un deporte que otrora fuera el paladín de la vida en familia y en comunidad? ¿Cómo los lazos de vínculo terminan convirtiéndose en lazos de diferenciación, de aversión?

La imposición del modelo económico neoliberal tuvo una infinitud de consecuencias, y entre ellas una de las más importantes fue el cambio de los valores de nuestra sociedad. La doctrina neoliberal es un vuelco radical hacia el individualismo del ser humano. Como nos decían Hernán Millas y Maximiliano Figueroa, dos grandes filósofos chilenos, esta lógica no fomenta más que un modelo social “individualista e insolidario”. El tejido social que antaño daba sustento a la lógica colectivista y entregaba la confianza y entendimiento entre vecinos y compañeros, fue desmembrado y pulverizado. Sin la solidez del engranaje comunitario que existía en el Chile democrático previo al neoliberalismo (sindicatos, juntas de vecinos, pastorales sociales, clubes deportivos locales, centros de estudiantes), las personas dejamos de conocer a nuestros semejantes. Y aislados en el búnker de nuestros hogares, muchos empezaron a sentir inseguridad y la desconfianza en torno a los demás.

Ahora bien, estas condiciones de vacío y falta de redes han generado que busquemos nuestra identidad en otros lares. Las barras bravas son la versión radicalizada de aquel proceso, generando identidades viciadas que han sido fomentadas por los empresarios inescrupulosos que hoy en día son dueños del privatizado fútbol. Es tanto el vacío de la falta de identidad, que las barras requieren exacerbar sus diferencias con los hinchas de los equipos contrarios. Pero este proceso no logra satisfacer la falta del lazo social. Pues, como nos decía el psicoanalista Erich Fromm, el impulso hacia la destrucción surge cuando el hombre se decanta por el egoísmo, y tiene como consecuencia la aparición de la soberbia, la codicia, y por sobre todo, la violencia y las ansias de destruir. En otras palabras, llevan al odio a la vida, en diferentes formas de manifestarse. Y una de ellas, que se nos ha hecho familiar, son precisamente los crímenes de odio.

Esto es particularmente peligroso para nuestra sociedad, pues como podemos notar en aquellos trágicos delitos que nos hemos acostumbrado a ver en las noticias, los más afectados terminan siendo víctimas inocentes, como Luciano. Obtener justicia para él es el primer paso, pero también tenemos que considerar que la lucha por nuestra seguridad no se acaba en un juzgado.

No basta con la Ley. Si queremos proteger a los miembros de nuestra sociedad, debemos tener la convicción de acabar con aquellas estructuras que generan falsas enemistades entre vecinos. No podemos permitir que se siga extendiendo el odio contra nuestros pares, tenga forma de xenofobia, homofobia, racismo, o algo tan banal como nuestra preferencia por un equipo de fútbol.

En una era mundial marcada por la violencia de los discursos y el auge de las desconfianzas, es un imperativo para nosotros los ciudadanos el defender a los más débiles, a las víctimas de la ética neoliberal. Aquellos que como Luciano, fueron mártires de un odio con el que muchos, hoy en día, siguen lucrando. Ella debe ser nuestra lucha: una sociedad basada en los valores del respeto, la comunidad y la justicia social; en contraposición al egoísmo, la inseguridad y la violencia.

 

Por: Mathias Muñoz T,

Estudiante de Historia y Psicología.

Pontificia Universidad Católica de Chile.

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