carlos aldunate

Un fragmento de la historia de Puente Alto

por • 23 Marzo, 2017 • Columnas, CulturaComments (0)797

Encontramos el nombre de don Carlos Aldunate Solar en antiguos textos de historia política y parlamentaria de Chile, compilados de jurisprudencia, en litigios salitreros, minas, de aguas, en el acta de fundación de la comuna de Puente Alto; le hallamos estoico, intachable como símbolo imperecedero de la responsabilidad, del orden, de la justicia. ¿qué le motivó a sobre-esforzarse con el ánimo de la perfección?; el señor Aldunate Solar fue, en efecto, heredero de un ilustre abolengo, biznieto del primer presidente de Chile, don José Miguel Carrera Verdugo, tarea para nada fácil, más cuando por circunstancias tan insignificantes pueden llegar a enlodarse los laureles y con ello la imagen de tan valioso antepasado, es casi imposible reparar la grieta cuando el daño se halla cometido.
Don Carlos nació en Santiago, el 11 de Mayo de 1856, siendo llevado la mañana del 12 a la vecina Parroquia de San Isidro, en cuya pila bautismal recibió el nombre de Carlos, pero nos detendremos aquí y no ahondaremos en detalles sobre su infancia, que siendo escasos, son irrelevantes, ya que en la niñez no encontramos germinada aun la madurez, ese espíritu que nos brinda la característica, la fortaleza, el ingenio y que el trato diario de la escolaridad los hace iguales, semejantes a los niños en sus condiciones y capacidades. Sus compañeros siempre reconocieron del señor Aldunate su inteligencia, su sacrificio al que se vio obligado forzosamente a enfrentar con la muerte prematura del joven agricultor don Pedro Aldunate Carrera, su padre, hermano de don Luis Aldunate Carrera. ¡Oh! Desgraciada muerte la de don Pedro que debía ocurrir en el momento en que más le necesitaba la familia, que más le requería su mujer ahora viuda y sus inocentes hijos.
El repentino fallecimiento de don Pedro Aldunate sumergió a su familia en una profunda penuria, la miseria circulaba por las calles en aquellos años con mortajas y vestiduras negras; encontrando consuelo en el amparo de su tío quién jamás les abandonó en este ingrato Serengueti de fieras y le motivó a estudiar con encono desenfrenado.
Indudablemente, a razón de desgracias es que se forja el carácter, entendemos entonces por qué siempre fue un temeroso de la celebridad innecesaria, la juerga, la intriga y la pérdida de tiempo.
Tenemos ante nosotros a un hombre modesto, aquel que debe su fortuna y posición dentro de los más connotados hombres públicos del siglo XX, no a un apellido o haber nacido en una familia de la capital, no, solo al esmerado estudio, a la dedicación, al profesionalismo, la brillantez, el coraje del argonauta que no teme a batirse con el Talos, virtudes propias de un hombre que jamás conoció la fatiga, el cansancio significó para él algo que debía evitarse y solo recurrir a ella cuando la biología humana, naturalmente, así lo establecía. Era político, pero político de códigos y leyes, más no orador ni encantador de masas; no encontramos en el señor Aldunate discurso que sea lapidario y extenso; era de naturaleza abogado, no político, su fuerte se concentraba en el estudio de las leyes y en las frías salas de las cortes de Apelaciones.
El señor Aldunate fue el escogido dentro de una extensa lista de nombres para desempeñar el cargo de ministro de Relaciones Exteriores a raíz de la hecatombe que acababa de derribar a Arturo Alessandri posicionando al General Altamirano en la presidencia; la designación guarda por fecha el día 12 de Setiembre de 1924, activa pero fugaz como un cirio; decía Virgilio Figueroa en su álbum Bibliográfico de Chile un fragmento que es necesario citar: “El señor Aldunate permaneció en ese ministerio, en que se hizo toda la tramitación del arbitraje sobre Tacna y Arica, hasta que estalló el movimiento revolucionario del 23 de Enero de 1925, que derribó la junta que presidía el General Altamirano. ¡Y, cosas horribles de los golpes revolucionarios!
El señor Aldunate, en compañía de don Julio Philippi, que era secretario de Hacienda, estuvo preso dos horas al producirse aquella asonada.”

Sobre lo mismo, tanto Aldunate como Philippi en carta dirigida al General don Pedro Pablo Dartnell Encina con fecha de 34 de Enero y que encontramos recuperada gracias a la pluma de Virgilio versa así: “Por la prensa nos hemos impuesto de que la guarnición de Santiago ha colocado la suma del poder público en manos de Ud. Ayer estuvimos presos durante dos horas en la sala de recepciones del Palacio de la Moneda custodiados por un Oficial, pistola en mano, pero en forma muy atenta. Nos permitieron salir bajo palabra de honor de no abandonar la ciudad de Santiago.
Aunque todo esto se hizo con declaración de que el acto de violencia que presenciábamos no tenía relación con los ministros de la Junta de Gobierno y fuimos tratados con cortesía por los ejecutores de órdenes superiores, desearíamos saber si, fuera del servicio público que acabamos de desempeñar, hay otra causa para nuestra detención y cuándo podremos disponer de nuestra libertad”.
Hallamos en él a un trabajador asombroso, un administrador y organizador incansable, pero por más que le busquemos no encontraremos jamás al anhelado intelectual ni brillante orador, político o escritor de pluma resplandeciente como los Amunátegui que tuvo por maestros; prueba nos la brinda Alfredo Edwards Barros al referirse al señor Aldunate Solar, momento de asumir Aldunate como Gerente del Banco Nacional Hipotecario en su apunte de crónicas chilenas de 1936 y que lleva por título Un Ministerio de Conciliación Liberal y cómo desbarata una tensa red de corrupción: “Don Carlos Aldunate Solar que remplazó al señor Vial Guzmán en la gerencia, descubrió al poco tiempo que en el banco existían serias irregularidades, de las que impuso al señor Vial, quien designó a don Gaspar Toro para que en su nombre las arreglara. Se obligaba él a repararlas con su fortuna personal y con la de su familia, a fin de que los intereses de los accionistas no sufrieran ningún menoscabo; pero el hecho llegó a conocimiento de don Eduardo Matte Perez quien impuso al Presidente de la República y a sus demás colegas del ministerio. Entonces por intermedio del señor Eduardo Matte, el Presidente pidió su renuncia al señor Vial, quien la presentó el día 11 de Julio de 1889, siendo reemplazado en el ministerio por don Pedro Nolasco Gandarillas Luco”.
Indudablemente, don Carlos Aldunate, en este tiempo sería aquel que barre con lo que consideramos normal, un antisocial, un ejemplo para los que profesan la política honesta, ya que verían en él a un gran referente. Don Carlos Aldunate era un hombre de marcada afición por el campo, eso es sabido, pues adquirió durante su vida pública varios fundos que le proveyeron de muy buen pasar, la piedra angular de su gran fortuna; podremos decir que la hacienda de Lo Fontecilla de Lampa era suya, el soberbio palacio de Zapallar donde actualmente funciona la Ilustre Municipalidad y que el hijodalgo jurisconsulto mandó a edificar siguiendo la instrucción de Josué Smith Solar, el padre del Club Hípico; sitio de pocos pero muchos a su vez en cuanto a generosidad, así como el fundo San Carlos de Puente Alto que dedicó especialmente al fruto sagrado de la vid y que llevó su nombre.
Pero nos detendremos aquí, pues, es necesario agregar anécdotas, sucesos vividos o mejor dicho, sufridos por el señor Aldunate en este preciso fundo.
Es en este fundo de San Carlos, adquirido durante la administración Balmaceda que Aldunate brinda brevemente cobijo y escondite a su amigo y también conocido vecino Carlos Walker Martinez propietario del fundo Santa Irene durante la contienda civil de 1891.
De palabras del mismo Aldunate en un remitido enviado a El Ferrocarril de Santiago, edición del Domingo 25 de octubre de 1891, desprendimos lo siguiente: “conviene que se sepa que nuestra actitud durante los ocho meses de la Dictadura fue francamente revolucionaria, hasta provocar persecuciones de Balmaceda. No nos inspira, por consiguiente, ningún sentimiento favorable a aquel régimen funesto”. Documentos del señor Yrarrázaval nos indican que casi la totalidad de los fundos opositores al gobierno del presidente Balmaceda fueron saqueados e incautados sus bienes, animales y pastos durante la contienda fratricida, duda no nos cabe que San Carlos también se vio contado dentro de los devastados predios al ser este fogoso miembro del partido Conservador.
Dato interesante que vale la pena agregar, lo encontramos en los mismos escritos de José Miguel Yrarrázaval, refiriéndose al saqueo del que fue víctima el hermano mayor de la ilustre vecina, doña Mercedes Matte Pérez: “el administrador del fundo El Mirador; actualmente la Escuela de Sub-Oficiales de Carabineros; de don Eduardo Matte Pérez, atestigua que la propiedad fue ocupada desde mediados de enero alojando 170 hombres del Escuadrón Santiago; que los pastos de que disponía la chacra, tanto el aprensado que era el producido por doce cuadras , como el de los potreros, fueron destinados a la caballada de la tropa y del ganado sacado del fundo de don Carlos Walker Martinez …”

Pero no ha sido todo riqueza en su vida, don Carlos Aldunate debió sortear dificultades que ponían a prueba su tino y minaban su estabilidad, siendo el propio hermano menor don Manuel María el que en 1891 enseñaría a todos que la vida es tan fugaz como frágil, pues, el joven Ministro de Balmaceda se hallaba encadenado a su destino por el amor que sienten algunos por la tierra que les vio nacer. ¡Ay! Ese dulce delirio que conquistó las almas de los propios conquistadores y que Valdivia al sufrir el encantamiento de amor a la patria chilena registra en misiva a su majestad Carlos V el día de 4 de Setiembre de 1545 y que Manuel María Aldunate defiende como su antepasado don José Miguel de la misma manera en el patíbulo.
Cuenta Eugenio Orrego Vicuña con detalle el triste y bizarro momento final de Manuel María Aldunate Solar al caer cobardemente acribillado por asesinos que solo vieron en el joven militar y prometedor abogado un estorbo a sus designios. ¿Vale tan poco la vida de los hombres?: “Valdivieso daba todas las órdenes; tanto Aldunate como Villota subieron sobre caballos de tropa muy malos.
Se dirigieron por el camino hacia el cerro de La Palmilla, ordenó quitarles las monturas y durante todo el camino los retó. Cuando llegaron a una quebrada, en La Palmilla, los hizo desmontarse, ahí les gritó a ver prepárense… Aldunate permaneció silencioso.
Villota, muy distinto rabiaba y gritaba; luego se puso a llorar….  No, no; decía, no quiero… y se lamentaba mucho.
Fue aquel el primero en caer.
Aldunate que había permanecido callado, al ver caer a Villota, se sacó el paltó y arrogante, valeroso y con aspecto de león herido, exclamó, a la vez que señalaba el pecho con su mano. “¡Bueno, aquí estoy, canallas, fusílenme! . . .
Así, con gesto tranquilo, rebosando su alma de infinito desprecio, valeroso como revive en los recuerdos de cuantos le conocieron y son aun testigos vivientes de los días que pasaron, cayó el Canciller Aldunate, haciendo cumplido honor a sus tradiciones de familia”.
No relataremos lo ocurrido posteriormente con los cuerpos del joven mártir y su ayudante Villota por el respeto que profundamente guardamos a la familia que nos lee, pues consideramos que vale más la obra que hace el vivo al recuerdo del espíritu.
Pero ¿qué importa cuando se tiene impregnado en el espíritu la valía del aguerrido araucano y del tozudo español? O mejor ¿la valía del valiente caudillo?
En este fundo olvidado, ya extinto, derruido sus cimientos, del que poco y nada queda ya de él, yacen en sus anales incorpóreos, volátiles, como películas de épocas pasadas, las primeras discusiones se recrean para dar vida a la comuna autónoma de Puente Alto con la inminente Ley Organización y Atribuciones de las Municipalidades del presidente Jorge Montt in ictú oculí.
Se desenrolla el celuloide de los recuerdos como una cinta y vemos el fundo de San Carlos compuesto de una hermosa casa americana, obra magnificente de un piso, edificada mediante catálogo por don Carlos Aldunate y rodeada de una joven alameda que permitía apreciarla en sus más característicos detalles, el aire cuyo perfume a flor del quillay y el peumo embriaga el ambiente, dentro de esas paredes de adobe y madera discuten, día tras día los más eminentes vecinos, trazando en papeles sus calles, sus primeras actividades productivas, se discuten sus mercedes de aguas como miembros de la Sociedad de Canalistas y que el señor Aldunate era su principal asesor jurídico, se trazan sus canales, se limitan los fundos. Allí le vemos, imponente en la cabecera bajo el poderoso cuadro del General Carrera; pero son solo recuerdos, vagos algunos, otros aun existentes en viejas láminas de papel que nos inquietan con sus tiernas enseñanzas.
Jamás pidió un nombre de calle para sí, o una estatua que le recuerde, jamás pidió recompensa ni riqueza si no fuera por el propio sacrificio, jamás pidió la gloria más que para su hermano caído en la infame guerra, jamás se le pudo acusar de falacia alguna que ensuciara su prestigio y su nombre.
Así, el señor Aldunate, que viajó por casi medio mundo y defendió como un león fogosamente en las más altas Cortes Internacionales de Justicia los derechos limítrofes de Chile, se ha marchado, y esta vez lo ha hecho para siempre, fallece en Santiago el 14 de Junio de 1931, su espíritu inquieto ha buscado la tranquilidad que solo ha hallado en Zapallar, hoy ya olvidado, su vida y su tiempo se ha apagado como pasa con todas las cosas de esta vida, como pasa con el sol de cada día, es un recuerdo que yace perpetuo entre los añosos pinos que se niegan a morir en la propiedad que fuera del señor Aldunate; el fundo San Carlos de Puente Alto con un halito de memorial vida que yace plasmada en estas páginas se niega a morir, al menos no todavía, pero no hay lucha que sea sostenida ni perpetuamente reñida contra el tiempo, pues nada escapa a su impetuoso pasar.

Ignacio Robles G.

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