Mi nombre es Cachupín y esta es mi historia sobre cómo me convertí en un perrito
comunitario.
Recuerdo haber crecido junto a mi madre llamada “Princesa”. Aunque su nombre denotaba tener grandes lujos, eso estaba muy lejano a nuestra realidad. La verdad es que no crecí en un ambiente muy lindo, pero siempre lo sentí como mi hogar.
Nací junto a 8 hermanos, los que sin razón alguna empezaron a desaparecer a medida que pasaban los días. Nunca supe donde fueron ni qué será de ellos ahora. Realmente espero que se encuentren bien.
Mi turno tocó no mucho después que el resto, aunque fui el último en irme. Dejar a mi mami me destrozó el corazón, veía su cara de tristeza por irme, pero ninguna de las dos pudo hacer nada. A mi padre nunca lo pude conocer, así que una parte de mi historia la desconozco por completo.
Mi nueva casa era bonita y conocí a otra amiga que vivía de hace años en esa casa. Su nombre era “Cleo”, y tenía un pomposo cabello blanco con infinitos rizos. Yo era más parecido a mi madre, con el pelo liso y de colores cafés con blanco, aunque creo que heredé de mi padre las orejas apuntando al cielo.
Me costó asumir que viviría en esta casa ahora y que, probablemente, pasaría mucho tiempo antes de ver a mi mamá. Sin embargo, encontré refugio y cariño en una pequeña niña a la que llamaban “Tamy”. Ella me llamó Lucas y me entregó hermosos momentos de diversión, cariño y comida. Nos transformamos en grandes amigos y, a pesar de que no hablábamos el mismo idioma, el amor y la alegría de vernos a diario era todo lo que
necesitábamos.
Un día, mientras me encontraba solo en casa, cosa que era común, ya que todos salían temprano por la mañana y volvían poco antes del anochecer. Cleo, había vivido una hermosa vida junto a toda la familia, pero lamentablemente había fallecido hace unos meses. Así es como un día unos extraños entraron a casa sin previo aviso. Me asusté muchísimo e intenté alejarlos con ladridos, pero no fue suficiente. Fueron muy prepotentes y agarraron cosas que no les pertenecían. A mí me golpearon y me subieron a un auto, donde arrancaron muy deprisa.
En el camino, vi la oportunidad de saltar por una de las ventanas y no lo dudé. Me lancé al vacío y caí estrepitosamente en el concreto. Me rompí una patita, pero logré correr. Llegué a un barrio de muchas casas. Un grupito de gente se apiadó de mí y curó mis heridas causadas por el golpe. Intenté preguntar sobre cómo volver a casa, pero nadie supo decírmelo. No obstante, este lindo grupo me acogió muy bien y entre todos me daban
alimento, agua y cobijo. Los días se volvieron meses y los meses en años. Aprendía a manejarme por los alrededores de la villa y conocí muchos amigos que me acariciaban cada vez que me veían. Me dieron la responsabilidad de cuidar la cuadra de malhechores y me he esforzado por cumplir mi deber a diario. Ahora me llaman Cachupín, y aunque sé que me llamo Lucas, me gusta mi nuevo apodo.
Cada cierto tiempo me llevan donde hay una persona con un traje que me pincha, dicen que es una vacuna, pero me duele. Este año, llegó un papel al barrio proveniente de la municipalidad. Un vecino lo abrió y luego me abrazó. Me comentó que mi inscripción fue aceptada y que siempre se preocupará por mí.
Extraño mucho a mi madre y a Tamy, pero sé que están bien en alguna parte del mundo. Pienso en ellas cada día y nunca pierdo la esperanza de volver a verlas. Si alguna vez alguien pudiera decirles sobre mí, me encantaría que supieran que estoy bien, lleno de amor y con un trabajo que me gusta mucho. Soy un perro comunitario.
Por Gustavo Iglesias (@thisistabo).
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