De Caupolicán Montaldo, publicada en “Itinerario Maipino: Crónica de la Villa de Puente Alto y del Cajón del Maipo”. Santiago, 1942.
En las barrancas del Maipo, un poco al oriente de la actual Población Obrera Papelera, fluye un chorro de agua cristalina desde la ladera y rumorosamente pasando entre piedras y zarzales va a caer al río.
Hace algunos años una bruja o curandera le dio fama a este chorrillo, que ha quedado con el nombre del Agua de la Vieja. Todos los crédulos que acudían a esta curandera, ya fuera por mal de ojo, por mal de amores, por cólicos o dolores de muelas, habrían de llegar hasta este chorrillo en busca de gran parte de la salud perdida.
Decimos gran parte porque ya algo se adelantaba con las infusiones o cataplasmas de yerbas y “raspaduras de uña de la gran bestia”, que suelen ser las condiciones previas que toda meica (curandera) que se respete debe aconsejar. El agua culminaba la curación del enfermo. Esta agua en realidad es potable, y puede tener lige rísimas propiedades, pero para que tuviera efecto en el enfermo, hombre, mujer o niño, había que llegar a ella a la media noche justa, y beberla en grandes cantidades.
Luego, vuelto el enfermo hacia la luna – si había luna – rezar una corta oración y golpearse el pecho tres veces. Si el enfermo no sanaba, era porque no había puesto fe en lo que hacía. Y por este hecho lo más probable era que le diera un “garrotazo”, o sea lo que después pulidamente se ha llamado gripe. Y si salvaba del garrotazo, volvía a caer en manos de la curandera… El enfermo tenía que ser de una constitución excepcional para librarse de tantos trances”.
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