Los hombres de Puente Alto, formados con la noble arcilla del Maipo, guardaron la más absoluta lealtad al famoso guerrillero y siempre tuvieron para él la mula lista o el caballo ensillado, cuando el héroe venía en busca de recursos para el ejército de los Andes o bien, trayendo misiones de confianza o de aliento a los patriotas, que hacían perder el sueño a don Casimiro Marcó del Pont, el “adamado” gobernador de Chile en aquella época.
Los campos de Puente Alto, sus valles, sus montañas, sintieron el paso del héroe y recogieron su aliento varonil, quedando seguramente olvidado en más de algún viejo roble un poema o un idilio del noble guerrillero que el Maipo sigue repitiendo en su canción infinita…
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