Era un sustentador de las más avanzadas doctrinas sociales, pero tras una activa lucha por sus ideales, lucha en la cual vio descender, flaquear y venderse muchos hambres que parecían encarnar aquellos propósitos, Joaquín Palacios, espíritu puro por sobre todas las cosas, se había refugiado en su propio sentimiento, dolorido en el fondo ante la obscura verdad que lo desencantara.
Era obrero. Un hombre que, por lo demás, se había formado enteramente solo. Autodidacta potente e investigador siempre curioso, estaba muy por encima del ambiente que le rodeaba. Muy pocos lo supieron entender, y la envidia de los incapaces quiso en todo momento tenderle un cerco despectivo, porque era poeta, porque pensaba alto, porque sabía comprender la belleza más allá de lo que puede hacerlo la anodina mayoría del hombre de la calle o. de las asambleas.
Su vida fue triste. Siendo como un vaso lleno de ternuras viriles, no tuvo desde su niñez otro amor que los libros y su enorme deseo de perfección. Fracasos sentimentales se sumaron al fracaso de convivir ideológicamente con quienes, a la postre, resultaron burdos especuladores del dolor y la esperanza de los pobres. Pero no se empañaba su alma.
En el fondo era un niño desorientado, pero sincero y ágil siempre; capaz de todas las quijotadas, sin aspavientos y con absoluta espontaneidad. Una noche de noviembre de 1940 no llegó a su cuarto, donde le esperaban apuntes sociológicos, versos inconclusos y el saludo de un pequeño hijo que era su más grande afán.
En una calle santiaguina había caído con el corazón bruscamente roto. Desde la morgue, hurtándolo al espectáculo dantesco ele una sala colmada de gestos trágicos, manos amigas lo condujeron a una modesta tumba, en un rincón donde los árboles -suma belleza natural- le ofrecen guardia y ternura permanentes, como él no pudo y no supo encontrar en la vida.
Poco antes de morir, había reunido unos pequeños poemas bajo el nombre de “Misal lírico“, donde canta y conjuga la doctrina de Cristo, y, libre de prejuicios, sereno y luminoso su bagaje espiritual, busca al Galileo y lo entiende mejor en el aspecto fraternal que éste predicó.
Fuente: Itinerario Maipino, Caupolicán Montaldo, Santiago, 1942.
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