El Capitán San Bruno, el temible y cruel jefe de los Talaveras, venía al mando de un pequeño pelotón de sus soldados custodiando el arreo de mulas portadoras de diez cargas de plata. San Bruno, su gente, el arreo y los arreadores, venían del sur. En cada ciudad y en cada casa de campo habían cobrado, o mejor dicho exigido, una contribución para el Ejército Real. Se necesitaban esos pesos de plata para llegar a Santiago a pagar la guarnición.
Eran días inciertos, por que si en verdad los españoles mantenían el gobierno desde el Desastre de Rancagua, no era menos verdad que las noticias llegadas de la otra banda, hablaban de la formación de un poderoso ejército que se lanzaría a combatir en Chile por la ansiada libertad, y en contra de las fuerzas del Rey de España.
San Bruno se sentía asegurado, pero se habría sentido mejer todavía al conocer la muerte o captura de Manuel Rodríguez. Era éste un fantasma que asustaba a las milicias reales porque jamás pudieron ubicarlo. Y el miedo del Gobernador de Chile, el ilustre Mareó del Pont, era una cosa pública, demasiado conocida ya para atajarla. Frente al camino a San Bernardo, el Capitán de Talaveras decidió bordear el Maipo por su ribera sur, y subir hasta el puente colgante que caía al camino de Macul. Por allí entraría a Santiago.
El puente había que pasarlo con cuidado. Y una mula primero, y la otra, cuando ya la anterior cruzaba el puente, de una en una todas las acémilas y sus cargas llegaron a la ribera norte del Maipo. Cruzó entonces el río el Capitán que vigilaba personalmente la tarea. El sargento que se había adelantado a recibir las
mulas a la salida del puente, saludó y dio cuenta que tenía novedades.
Las novedades del sargento las confirmaron dos hombres del pueblo, que por afán de adulación a San Bruno, entregaban noticias.
Un numeroso grupo de patriotas, tropa argentino-chilena, había cruzado la Cordillera por el Paso de los Piuquenes y acampaban allí cerca, vigilando el camino a Santiago, y al parecer esperando nuevos refuerzos
Escondiendo el tesoro
San Bruno calculó y obró de inmediato. Si avanzaba era muy posible que cayera prisionero con su pequeña escolta, que en ningún caso podría ofrecer resistencia con probabilidades de triunfo. Era engorroso retroceder
lentamente con sus cargas. Ordenó entonces enterrarles en la ladera del río. Hizo matar a los arreadores y los informantes, y montando a caballo con sus hombres cruzó otra vez el río, para bajar por sus orillas hasta el próximo puente carretero, y entrar por allí a Santiago.
En la nube ele polvo que ocultó a San Bruno en el camino de bajada, se perdieron también todas las huellas del suceso, Ni el cruel militar ni sus hombres tuvieron oportunidad de volver por las cargas de plata. La independencia de Chile tomaba una ruta de verdad y seguridad potentes. Los hombres que desde el otro lado de los Andes habían entrado por el Cajón del Maipo, venían haciendo un juego desorientador para el Gobernador español y sus fuerzas. Eran parte de la estrategia básica en que se apoyaba el Ejército Libertador.
Y allí están las cargas de plata de San Bruno. Cientos de buscadores de entierros han venido a probar suerte en las laderas del río. Hasta con viejos pergaminos a la vista, con cartas de otro tiempo que algo dicen del sitio, en que duermen aquellas riquezas, hombres de toda condición han horadado el terreno circundante.
Se dice de uno que habría encontrado unas monedas. Y esto ha dado esperanzas a otros y otros. Las explicaciones al no dar con el entierro no dejan de ser pocas.
Ya que nadie ha dicho un Padre Nuestro siquiera por el ánima de los arrieros muertos, las cargas se han corrido.
Otros teorizan que para no dejar señal alguna del entierro, éste quedaría más arriba… o más abajo. Bien, pero ¿dónde? Otros aseguran que las cargas estarían diseminadas y no en montón. Y así continúan los buscadores de ella, que creen en el refrán: “El que busca, halla”.
En todo caso es un tesoro maldito. Demasiado dolor y mucha sangre acompañaban el nombre y la persona de San Bruno. Todo lo que tocaran sus manos ávidas, torturadas y torturantes se llenaba de un sello de horror. La tierra chilena conocía su alma y sus pasos, el aire de Chile temblaba bajo su voz.
El aire borró su huella de los campos nuestros, y la tierra sepultó en lo más profundo y negro de sus rocas herméticas, todo lo que pudo codiciar el renegado, que cambió la palabra de Dios para dar cauce a sus instintos tremendos.
Fuente: Itinerario Maipino
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