Esta historia trata sobre los ”traficantes” de alcohol que existían en el viejo Cajón del Maipo, cuando había ley seca. Es extraída de ”El Itinerario Maipino” de 1942, un diario que reúne datos e historias de la Provincia Cordillera, esperamos que lo disfruten.
Desde la estación de San Alfonso hacia el interior rige la ley seca. Pero las leyes en Chile se han hecho para burlarse. La psicología popular así lo indica. Y la ley seca que impera en el interior del valle, aunque contiene disposiciones terminantes y definidas, es continuamente burlada. Así el vino o el alcohol ingerido en esa zona tiene mejor sabor. . .
Es para el consumo de la gente de la región, que los contrabandistas de alcohol juegan su comodidad. Estos consumidores son pocos y pagan mal. En el cañón del Maipo superior propiamente tal, de la inmediación de Los Queltehues, parte el camino que se interna en la montaña y llega al mineral del Teniente y su ciudad-campamento, Sewell, con 18,000 habitantes y un afán más o menos colectivo de apagar la sed, que la estricta zona seca no lo logra apagar.
Los contrabandistas toman por lo general el sendero que asciende por el cañón del Maipo. Algunas veces, muy pocas, van con mulas cargadas que en hábil forma logran pasar la vigilancia de estos rincones; pero la mayor parte de las veces son ellos mismos que llevan a la cintura una o dos cámaras de automóvil conteniendo alcohol, y varias botellas de coñac barato, o pisco de cualquier marca.
Los hombres ascienden penosamente senderos estrechos, repechadas, caminitos que tiemblan junto a los barrancos profundos. Allá van con su carga, que es preciosa. Venderán a diez veces el precio de compra.
Vale la pena sacrificarse para ganar unos pesos que son buena utilidad. Y qué más da. Están acostumbrados a andar, conocen a fondo la cordillera, y no temen a los peligros.
Los peligros son varios. Las tempestades repentinas de la cordillera; el extravío, los carabineros y los otros contrabandistas. Con cualquiera de estos peligros por delante pueden “dejar el pellejo” para pasto de los cóndores.
Lo saben, y saben, asimismo, que el mayor peligro son los comerciantes rivales. En una palabra para ganar unos cuantos pesos burlando la ley, se juegan la vida por entero. Cada viaje puede ser el último .
Es increíble el arrojo, la temeridad de estos hombres. Son innumerables los casos en que por no caer en manos de la autoridad, es que no les queda más que un único sendero en el filo de un cordón cordillerano, y se han dejado caer por el talud casi vertical de la falda de piedra, que en el hecho es la muerte.
Otras veces escondidos bajo una peña, en un hueco o accidente natural, les sorprende la nevada. Para defenderse del frío consumen su mercadería de contrabando, pero la impiadosa nieve triunfa al fin, y les encuentran más tarde los Carabineros con las rodillas pegadas al rostro, entre unas cuantas botellas vacías, y bajo el gesto, irónico y trágico que tienen los muertos por el frío: se han quedado riendo en silencio, largamente, fatalmente.
Se habla en Sewell de una organización poderosa y temible que tendría el control y el negocio exclusivo del contrabando. Y por eso el que no solicita, permiso de ella, o no es su aliado o asociado, no llega a término en su cometido, pues si no es a la ida será a la vuelta donde le esperará la bala manejada desde la distancia y a favor de los accidentes del terreno.
Los contrabandistas con camino o sin camino, cruzan hondonadas y cimas; son francamente heroicos, en cuanto a hazañas se refiere, ya que no a virtudes, y dan margen a justipreciar en ellos algunas de las características de nuestro roto chileno, las que lo hicieron famoso, y que ni el tiempo ni los nuevos afanes colectivos han podido alterar.
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