Hablar de emprendimiento en Chile es, inevitablemente, hablar de Alejandra Mustakis. En esta entrevista con Tribu Emprende; la empresaria, inversionista y una de las voces más influyentes del ecosistema, destaca su convicción: las empresas pueden ser motores de transformación.
Más que un momento puntual, Mustakis describe su camino como una evolución constante. “Partí desde la intuición, con una mirada romántica de los negocios. Me enamoraba de las soluciones, no necesariamente del problema”, reconoce. Con los años, su enfoque cambió radicalmente: hoy primero busca entender el problema, obsesionarse con él, y recién desde ahí construir soluciones. El propósito, asegura, dejó de ser un complemento para convertirse en el eje central.
Pero si hay algo que marca su forma de evaluar proyectos, es la relevancia de las personas. “Yo invierto en personas antes que en PowerPoint”, afirma. Más que la idea en abstracto, observa la energía, la resiliencia y la capacidad de convocar talento. Para Mustakis, la autenticidad también juega un rol decisivo: los emprendimientos más potentes suelen nacer de historias personales y convicciones profundas.
Al momento de validar un negocio, su regla es directa: el mercado manda. “Si alguien está dispuesto a pagar, entonces hay algo real ahí. El mejor estudio de mercado es la venta”. Bajo esa lógica, empuja a los emprendedores a salir rápido, incluso con prototipos o versiones mínimas. La perfección, advierte, puede transformarse fácilmente en una excusa.
¿Y el primer año de un emprendimiento? La respuesta no deja espacio a dudas: vender. “Sin ventas no hay empresa, hay hobby”. Para Mustakis, esa etapa inicial debe centrarse en validar, aprender y gastar lo mínimo posible. También destaca la importancia de la cercanía con el cliente y la construcción de equipos complementarios: emprender acompañado no solo aumenta las probabilidades de éxito, sino que hace el proceso más sostenible.
Frente a proyectos que no despegan, su consejo apunta al lenguaje y la actitud. Evitar la palabra fracaso y hablar de iteraciones. Revisar decisiones con honestidad. Ajustar, probar de nuevo y no quedarse inmóvil. “El exceso de optimismo puede jugar en contra, pero paralizarse es peor”.
Si tuviera que empezar desde cero, asegura que priorizaría dos cosas: una causa nítida desde el día uno y la construcción temprana de equipos sólidos. También saldría a vender antes de sentirse completamente lista. “La perfección es una excusa elegante para postergar”, dice, dejando en claro que el miedo suele ser el mayor freno del emprendimiento.
Su mensaje final resume una filosofía que ha repetido durante años, pero que sigue resonando con fuerza en nuevas generaciones: emprender no es solo crear empresas, es construir una forma de vida coherente con lo que uno cree. Y en ese camino, moverse, probar y aprender siempre será mejor que quedarse con la duda.
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