Conversamos con Paulina Hip, docente, y Francisca Castro, matrona, coordinadoras del programa de Sexualidad, Afectividad y Género de la Corporación Municipal de Puente Alto. Ambas expertas en educación sexual integral, entregan claves para abordar la sexualidad con niños, niñas y adolescentes desde una postura positiva, donde lo fundamental no es tener todas las respuestas, sino fomentar una buena actitud desde la familia y escuela. Su objetivo es orientar a los jóvenes hacia conductas saludables y contrarrestar la “educación de mercado” que surge de la desinformación en internet y redes sociales.
La alianza entre la casa y la escuela

—¿Cuál creen que es la actitud que deberían tener madres, padres y cuidadores hacia la sexualidad y el género?
Paulina: Nos encontramos con dos realidades: padres que delegan todo a la escuela y otros que dicen “a mi hijo lo educo yo”. Lo ideal es entender que la educación sexual es colaborativa. No se trata de que los padres lean manuales técnicos, sino de una disposición actitudinal. Se trata de promover el diálogo y entender que hay temas que, por privacidad, los adolescentes quizás no hablarán con sus padres, y ahí es donde la escuela apoya. Si la familia abre el tema, se construye un camino de confianza.
Francisca: Hay que entender que la educación sexual ocurre en todos lados. Si no educamos nosotros, lo hace el “mercado“, que expone a los jóvenes a riesgos para los que no están preparados. La educación sexual es un escudo; les permite estar seguros y vivir su sexualidad desde la primera niñez con disfrute. Como dice Paulina, “educamos para que no pasen cosas malas, pero sobre todo para que pasen cosas buenas“.
Normalizar la incomodidad adulta

—Existe mucho nerviosismo al hablar de estos temas. ¿Cómo pueden los padres fomentar un espacio de confianza a pesar de su propio pudor?
Francisca: Lo primero es reconocer que esa incomodidad viene de una generación que no tuvo educación sexual o que fue educada por los medios. Debemos comprender que la sexualidad no son solo relaciones sexuales; es cómo entiendo mi cuerpo, cómo desarrollo mi identidad y cómo me relaciono con otros. Esto debe ser mediado desde la primera niñez. Es normal sentir nerviosismo, pero la actitud debe ser de diálogo. Podemos normalizar temas desde que son pequeños, estableciendo límites claros y promoviendo su autonomía.
Paulina: No les pedimos a los padres que lo hablen todo o que dejen de estar nerviosos, sino que no nieguen la sexualidad de sus hijos e hijas. Desde esa base, todo empieza a ser más fluido.
Género y nuevas generaciones

—Hoy se cuestionan los roles de género tradicionales. ¿Cómo pueden los padres acompañar esta exploración sin imponer sus propios prejuicios?
Paulina: Es importante no culparnos. Trabajamos en Puente Alto, una comuna popular donde los roles de género están muy arraigados. Lo importante es ser conscientes de cuándo esos roles generan una limitante en el desarrollo de nuestros hijos. Esto es transicional; no somos “malos padres” o “malas madres” por tener prejuicios, pero sí podemos intentar no replicarlos.
Francisca: Se pueden generar diálogos intergeneracionales sin que sea una pelea. El género es cultural y debemos optar por la equidad y la igualdad de oportunidades. Un buen consejo para la pubertad: si tu hijo no quiere hablar, siéntense a ver una película y comenten qué les parece lo que ven, qué les gusta o qué cambiarían. Los productos culturales son una excelente metodología para hablar de temas complejos de forma indirecta.
Límites y prevención del abuso

—¿De qué manera conceptos como el consentimiento ayudan a prevenir abusos?
Francisca: Es un tema central. Enseñar que “mi cuerpo es mío” y que nadie debe hacerme sentir algo desagradable o confuso es la primera herramienta de prevención de tanto educadores como la familia. Puesto que el abuso suele darse en redes cercanas que aprovechan el desconocimiento. Al darles herramientas para identificar límites, les quitamos poder a los abusadores sobre el silencio.
Paulina: Muchas veces nos piden talleres solo para “evitar el abuso” o “enseñar a cuidarme”, pero nosotras trabajamos desde una perspectiva positiva. Si solo hablamos de “lo malo“, el niño asocia su genitalidad con la culpa o el miedo. Si queremos hablar de la protección de las partes íntimas, hablamos de higiene, cuidar el pelo, la cara y también las partes privadas, la autoprotección se vuelve algo natural y positivo. Esa es la línea que hay que trabajar, lo mismo con el consentimiento y la violencia sexual, en su lugar nosotras promovemos un taller las relaciones sanas y esas características nos permiten saber cuándo hay que tener una alerta.
¿Qué hacer cuando no sabemos la respuesta?

—¿Es mejor reconocer que no se sabe algo o evitar el tema?
Francisca: El error o el no saber es totalmente válido. Nuestro rol como adultos es ayudarles a desarrollar habilidades para manejar situaciones conflictivas. Más allá de saberlo todo, lo primero es abrir el espacio al diálogo.
Paulina: Hay una estrategia muy útil: si te pillan con una pregunta sobre genitales o bebés y no sabes qué decir, puedes ganar tiempo diciendo: “Qué interesante, cuando tomemos once lo conversamos”. Eso te da espacio para evaluar qué y cómo responder según su edad. También es válido devolver la pregunta: “¿Qué sabes tú de eso?” o “¿Por qué te dio curiosidad?”. Eso nos permite saber a qué información han estado expuestos.
Mensaje final

Francisca: “La educación sexual está ahí, en los medios. Si nosotros decidimos no educar, ellos aprenderán desde la violencia. La educación sexual integral es una fuente de seguridad y disfrute”.
Paulina: “Quiero hacer énfasis en que la educación sexual es positiva, no siempre verla como la herramienta de lucha, no solamente considerarla para que no nos pasen cosas malas sino que para que también nos pasen cosas buenas. Y un llamado a profesionalizarla: no sirve enseñarla solo desde la buena voluntad, hay que capacitarse y llevarla a todos los espacios; en la casa, en el trato con otros y hasta en las bromas que hacemos”
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