Desde su taller Magikapirque, Karina Rodríguez ha logrado transformar el bordado en algo más que un arte decorativo: es una herramienta de sanación emocional, fortalecimiento personal y vínculo colectivo entre mujeres pircana. Esta es su historia.
En un rincón de Pirque, donde la cordillera se convierte en refugio de inspiración y la naturaleza acompaña cada gesto, Karina Rodríguez Olivares ha creado un espacio único. Se llama Magikapirque y, como su nombre lo anticipa, está lleno de magia. Pero no una magia de fantasía, sino de aquella que ocurre cuando una mujer se atreve a mirarse, reconocerse y reconstruirse a través del arte.
El taller nació poco antes de que la pandemia trastocara al mundo entero. Karina, madre de un bebé recién nacido en ese entonces, atravesaba un momento de profundo agotamiento emocional. La maternidad, aunque llena de amor, también le exigía tiempo, entrega y renuncias. “Necesitaba hacer algo por mi salud mental”, recuerda. Siempre había sido hábil con las manualidades, así que cuando se topó con un curso de bordado con aguja mágica, no lo dudó.
Lo que comenzó como un pasatiempo se transformó en una pasión y luego en una vocación. “Me gustó tanto que nunca más paré de bordar”, confiesa. En plena pandemia, mientras el miedo y la incertidumbre se apoderaban del día a día, Karina pasaba horas frente a sus bastidores, hilando puntadas que no solo daban forma a figuras, sino también a nuevas formas de quererse. “Fortalecía mi salud mental y mi amor propio sin quererlo”, afirma.
Con el tiempo, ese ejercicio personal se convirtió en un gesto colectivo. Karina comenzó a compartir lo aprendido, guiando talleres en el marco de programas de salud mental como el del CRS El Principal. Fue entonces cuando Magikapirque dejó de ser solo su espacio íntimo para convertirse en un lugar de encuentro. Hoy, decenas de mujeres pircana asisten a sus clases no solo para aprender a bordar, sino también para compartir, sanar y reconocerse entre pares.
El significado del proyecto, dice Karina, es profundo. “Magikapirque es un taller que descubre el potencial femenino. Un arte tan maravilloso que logra unirnos, enseñarnos y hacernos parte de nuestro propio yo. Nos permite conocernos y amarnos por lo que somos”. La aguja mágica, más allá de ser una herramienta textil, se convierte en un símbolo de transformación: con cada puntada, una mujer se reconstruye.
Los talleres son espacios vivos, tejidos por historias diversas. Muchas de las mujeres que llegan a Magikapirque lo hacen cargadas de dudas e inseguridades. “Piensan que no van a poder, que esto no es para ellas. Pero con el tiempo se sorprenden de sí mismas, se convierten en artistas. Escuchan palabras bonitas de sus familias, se sienten valoradas”. Karina ha sido testigo de cómo el bordado ha acompañado procesos personales profundos: desde noches en vela cuidando a un familiar enfermo hasta etapas difíciles de la crianza o el duelo.
“El bordado mantiene la mente activa, calma el corazón y da sentido”, explica. Pero lo que realmente distingue a Magikapirque es la intimidad del espacio. Las clases no son solo para aprender una técnica; son también instancias de conversación, de confianza, de contención emocional. “Se van felices, esperando con ansias el próximo día de juntarnos”, menciona.
En el taller, se parte con un proyecto básico para dominar la técnica. Pero después, Karina impulsa a sus alumnas a dejar volar la imaginación. Se crean desde pequeños microbordados hasta cojines, cuadros, carteras, peluches o incluso alfombras. Cada proyecto es único, porque lleva en sus hilos una historia personal. Hay quienes bordaron regalos para sus nietos, otras inmortalizaron frases o recuerdos en tela.
Magikapirque es, en esencia, una comunidad bordada. Un lugar donde las mujeres se empoderan en lo cotidiano, donde la creación es un acto de cuidado y donde el arte se entrelaza con la vida misma. Karina, pircana de corazón, ha bordado mucho más que figuras: ha bordado vínculos, autoestima y resistencia.
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