La mayoría de los emprendedores nunca entrena una habilidad clave para su desempeño: la gestión de la presión emocional. Por eso, cuando enfrentan crisis, errores o decisiones difíciles, muchos reaccionan como si estuvieran ante algo totalmente inesperado. No siempre por falta de capacidad, sino por enfrentarse a sensaciones que nunca habían experimentado.
En otras etapas de la vida, la práctica enseñaba precisamente eso. En el deporte o la música, la repetición no solo mejoraba la técnica, también normalizaba la frustración, el error y la incomodidad. Con el tiempo, esas emociones dejaban de ser alarmantes. Se volvían familiares.
El emprendimiento suele omitir ese proceso. Se espera que los fundadores manejen escenarios de alta presión sin ensayo previo, interpretando la ansiedad o el estrés como señales de fracaso. Sin embargo, la experiencia muestra que gran parte de la seguridad de los líderes proviene de algo más simple: haber estado antes en situaciones similares.
El principio es conocido en disciplinas de alto rendimiento. Ensayar mentalmente contextos adversos reduce la sensación de amenaza cuando estos ocurren. La dificultad no desaparece, pero deja de ser sorpresiva, permitiendo decisiones más claras y menos reactivas.
La confianza, desde esta perspectiva, no surge de evitar la incomodidad, sino de reconocerla. En un entorno tan incierto como el emprendimiento, la familiaridad emocional puede marcar la diferencia entre el pánico y el liderazgo.
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