Cada 10 de septiembre el mundo se ilumina con cintas amarillas 🎗️ campañas y mensajes que llaman a la prevención del suicidio. Pero los otros 364 días del año, la realidad se desvanece en el silencio. Nos acordamos del problema, pero no lo enfrentamos. Nos conmovemos con los números, pero no construimos un modelo de salud mental robusto, capaz de prevenir, intervenir, rehabilitar y acompañar.
La paradoja es cruel: tenemos teléfonos de ayuda que a veces no contestan. Tenemos profesionales que se nos van, porque la salud mental en el sistema público se sostiene con sueldos bajos, sobrecarga y condiciones adversas. Psiquiatras y psicólogos migran al sector privado o emigran del país. Las urgencias hospitalarias, salvo honrosas excepciones, no tienen un dispositivo real de atención psiquiátrica. Con suerte, un especialista pasa a ver pacientes una vez al día. Y los que llegan con ideación o intentos suicida, muchas veces se van de alta en cuestión de horas, porque no hay camas, porque no hay cupos, porque no hay hospitales de día suficientes.
Detrás de cada alta precoz hay un rostro: alguien sin redes familiares, que vive en la calle, alguien que volverá a un hogar vacío, alguien que carga con un dolor que no cabe en un protocolo. Ahí es donde se siente con fuerza que estamos al debe. Que celebrar este día, sin cambiar la estructura, no es prevención: es un simulacro.
El suicidio no se enfrenta solo con voluntad individual. Necesitamos políticas públicas claras, equipos interdisciplinarios en urgencias, redes comunitarias fuertes, hospitales de día en cada territorio, seguimiento real tras el alta, programas que acompañen a quienes vuelven a empezar. Necesitamos un sistema que mire la salud mental como un derecho humano, no como un favor, un lujo o privilegio.
Y es aquí donde se vuelve vital recordar que la salud mental no se construye solo en hospitales ni en consultas médicas: se sostiene en redes comunitarias. La comunidad es la primera línea de prevención, el espacio donde alguien puede sentirse escuchado antes de que sea demasiado tarde. La interdisciplina es otra pieza clave: no basta con psiquiatras, médicos o psicólogos, se requieren equipos psicosociales en las urgencias, terapeutas ocupacionales, educadores, profesionales preparados para contener, acompañar y abrir caminos de apoyo inmediato.
Las redes familiares también importan: cuando están presentes, fortalecen el proceso; cuando faltan, el Estado y la sociedad deberían ofrecer alternativas de cuidado y acompañamiento. Además, todos los profesionales de la salud – no solo los especialistas en salud mental – necesitan estar preparados en este ámbito. No es lo mismo atender un dolor físico que sostener un dolor del alma, y esa diferencia debe estar en la formación, en la práctica y en la cultura institucional.
Hablar de humanización no es un eslogan vacío: incluye, necesariamente, la salud mental. Humanizar es mirar la angustia como un signo vital, la soledad como una alerta, la desesperanza como una urgencia. Humanizar es no dejar a nadie solo en su dolor.
Hoy, más que recordar, toca incomodarnos. Si seguimos pensando que con un día de conmemoración lo estamos haciendo bien, nos estamos engañando. El compromiso verdadero se mide en recursos, en políticas, en cupos, en equipos, en decisiones valientes.
Prevenir el suicidio no es repetir frases bonitas: es salvar vidas concretas. Y eso requiere mucho más que un día en el calendario.
Hablar de suicidio exige responsabilidad. La OMS recuerda que hacerlo con respeto, sin detalles y con enfoque en la prevención, salva vidas. El suicidio se puede prevenir.
No olvides: quien piensa en suicidarse, no quiere morir, quiere deja de sufrir
Si tú o alguien que conoces lo está pasando mal, no están solos: en Chile puedes llamar al 4141 opción 5 o al 600 360 7777. Siempre hay alguien dispuesto a escuchar
@trabajosocial_saludpublica
¿Te gustó esta noticia?
Recibe las mejores noticias de Puente Alto cada semana directamente en tu correo.
📧 Sin spam • Cancela cuando quieras • +2,500 suscritos


