Vivimos en una sociedad que admira la fortaleza. La celebra, la romantiza y, muchas veces, la exige. Pero cuando esa exigencia se dirige constantemente hacia las mujeres, especialmente hacia aquellas que han vivido múltiples opresiones —sociales, raciales, económicas, de género— la fortaleza deja de ser una elección y se convierte en una carga.
La figura de la “mujer fuerte” se ha convertido en un arquetipo que, si bien puede parecer inspirador, también encierra una trampa peligrosa: la idea de que una buena mujer es aquella que aguanta, que no se quiebra, que sobrevive a todo sin dejar de cuidar, trabajar, sostener, acompañar y sonreír. Pero ¿qué pasa con el derecho a la fragilidad? ¿Por qué hemos normalizado que las mujeres deben resistir constantemente sin descanso ni reconocimiento?
El concepto de resiliencia, ampliamente difundido en los discursos contemporáneos, ha sido adoptado muchas veces sin cuestionar su trasfondo. Ser resiliente significa levantarse después de caer, adaptarse ante la adversidad, florecer en medio del dolor. Pero ¿es justo que se espere eso todo el tiempo? ¿No es también un acto de resistencia el decir “hoy no puedo”, “esto me duele”, “necesito ayuda”?
¿Quién cuida a la que cuida?
Esta pregunta resuena profundamente en comunidades de mujeres donde la resiliencia ha sido transmitida como herencia: madres que lo dieron todo, abuelas que sostuvieron hogares, niñas que aprendieron a callar para no molestar. El mito de la mujer fuerte nos dice que llorar es debilidad, que descansar es flojera, que pedir apoyo es una falta de carácter. Entonces, ¿qué humanidad nos queda si no podemos habitarnos también en nuestras caídas?
El problema no está en la resiliencia como cualidad, sino en su imposición como obligación. La fortaleza no debería ser una coraza perpetua, sino una herramienta que usamos cuando podemos, cuando elegimos. ¿Por qué no podemos cambiar la narrativa para permitirnos también ser vulnerables, ser sostenidas, ser escuchadas sin tener que demostrar entereza constante?
¿Y si no quiero ser fuerte?
Este articulo no busca negar la fortaleza de las mujeres. Al contrario, la reconoce y la honra. Pero también propone liberarse del mito que nos obliga a demostrarla a toda costa. Porque hay días en que no queremos ser ejemplo de nada. Días en que queremos llorar, gritar, detenernos. Y eso también es válido. Eso también es ser humana.
Tal vez el verdadero acto de valentía no sea soportarlo todo en silencio, sino atreverse a mostrar la herida. Tal vez la revolución comience cuando una mujer se permite descansar sin culpa, o se nombra frágil sin miedo a ser juzgada.
Para cerrar esta reflexión, te invito a responder algunas interrogantes que nos permitan reflexionar en torno al tema:
- ¿De qué manera has sentido la presión de ser “fuerte”?
- ¿En qué momentos te has sentido obligada a resistir cuando solo querías rendirte?
- ¿Quién te enseñó que llorar era señal de debilidad?
- ¿Te has permitido no ser resiliente?
- ¿Qué espacios seguros puedes construir —o exigir— para no tener que sostenerte sola?
Columna de opinión realizada por Jessica Ortega Palavecinos Docente, Terapeuta holística, Escritora.
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