Durante décadas, la imagen de la madre ideal ha sido construida sobre la base del sacrificio, la entrega absoluta y la abnegación. Se espera que una madre lo dé todo, que se anule en nombre del amor, que sonría aún en el agotamiento, y que jamás se cuestione si realmente quiere o puede sostener todo lo que se le exige. Pero ¿quién cuida a la que cuida? ¿Dónde queda el derecho de la madre a ser también persona, con miedos, límites y deseos propios?
Hoy, ese modelo empieza a resquebrajarse. No solo porque es profundamente injusto, sino porque está desconectado de la realidad que viven miles de mujeres. En Chile, el descenso sostenido de la natalidad no puede ser leído solo como una decisión individual, sino como una respuesta colectiva a un sistema que no garantiza condiciones dignas para criar. Las mujeres no están dejando de tener hijos porque no amen, sino porque no quieren reproducir una maternidad solitaria, sobrecargada, precarizada.
¿Es una señal de autonomía o de desesperanza? ¿Qué dice esta tendencia sobre el mundo que estamos construyendo?
Junto a esto, crece el número de abortos clandestinos. Un síntoma doloroso de la falta de educación sexual integral, del acceso desigual a la salud reproductiva y de una cultura que sigue castigando a las mujeres por tomar decisiones sobre sus propios cuerpos. ¿Qué espacio queda para elegir libremente la maternidad, si aún hay miedo, estigma o peligro de cárcel?
Todo esto ocurre en un contexto donde la falta de cocrianza real y la ausencia del rol paterno principalmente desde la indisponibilidad emocional, siguen siendo temas urgentes. Mientras el discurso oficial promueve la corresponsabilidad, en la práctica son las madres quienes siguen sosteniendo la mayoría de las labores domésticas, emocionales y educativas. ¿Por qué la maternidad sigue siendo asumida como un destino natural, mientras la paternidad se vive como una elección opcional? ¿Qué pasa cuando el cuidado se convierte en un acto solitario y no compartido?
Es necesario derribar el mito de la madre perfecta, sacrificada y siempre disponible. No para eliminar el amor que puede haber en ese rol, sino para devolverle su humanidad y su complejidad. Amar también es cansarse. Criar también es dudar. Y maternar también puede doler.
Entonces, ¿cómo sería una maternidad más libre, más compartida, más digna?
¿Estamos criando desde el deseo o desde la imposición cultural?
¿Podemos imaginar una sociedad donde cuidar no sea una carga que recae siempre sobre las mismas?
¿Dónde están los hombres en esta conversación?
Este artículo no busca ofrecer respuestas cerradas, sino abrir preguntas necesarias. Preguntas que nos inviten a mirar con más honestidad, a maternar con menos culpa, y a vivir la crianza como un espacio posible de amor… pero también de justicia, de comunidad y de transformación.
Porque al final, el problema no es no querer ser madre, sino no querer serlo en soledad, en precariedad o en silencio.
Columna de Opinión de @jess_munay.
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