En el Día del Libro, celebramos las palabras, las historias y las ideas que han marcado nuestras vidas. Pero ¿alguna vez nos hemos detenido a pensar cuántas voces han sido calladas antes de poder escribir su primer verso o publicar su primera novela? ¿Cuántas mujeres escritoras fueron ignoradas, censuradas o silenciadas por atreverse a nombrar el mundo desde su experiencia?
La historia de la literatura latinoamericana y chilena está marcada por la exclusión sistemática de las mujeres. Muchas escritoras fueron relegadas a notas al pie, a publicaciones marginales o al olvido. Incluso aquellas que lograron reconocimiento en vida, con frecuencia han sido estudiadas de forma superficial, como si su obra no tuviera el mismo peso que la de sus colegas hombres. ¿Por qué aún hoy cuesta tanto encontrar sus nombres en los libros escolares o en las listas de lectura obligatoria?
Pensemos en Martina Barros de Orrego, pionera del feminismo chileno, o en Teresa Wilms Montt, poeta intensa y transgresora, cuya vida fue empañada por los prejuicios y el escándalo más que por la valoración de su talento literario. ¿Por qué no conocemos más a Gabriela Mistral como pensadora radical, crítica social y activista por los derechos de las mujeres, y no solo como “la maestra” o “la poeta tierna”? ¿Qué hay de María Luisa Bombal, quien rompió esquemas con su escritura onírica y profundamente femenina, pero fue durante años opacada por su biografía?
También está el caso de autoras como Juana de Ibarbourou en Uruguay, Claribel Alegría en Nicaragua, Alfonsina Storni en Argentina o Julia de Burgos en Puerto Rico, cuyas obras exploraron temas de libertad, cuerpo, amor, maternidad, dolor y deseo, en una época donde las mujeres debían guardar silencio. ¿Por qué sus nombres todavía no se leen con la misma frecuencia que los de sus contemporáneos hombres?
La invisibilización de estas autoras no es casual. Históricamente, el canon literario ha sido construido por varones blancos, urbanos y letrados que decidieron qué era “buena literatura” y qué no. En ese filtro, las voces femeninas, sobre todo las de mujeres pobres, indígenas o disidentes, quedaron fuera. ¿Cómo impacta esto en nuestra propia visión de la literatura y de nosotras mismas como lectoras y escritoras?
Hoy, más que nunca, necesitamos rescatar y releer a esas mujeres. No como figuras lejanas, sino como referentes vitales. Porque ellas hablaron de lo que aún nos atraviesa: la lucha por el derecho a ser, a crear, a amar, a escribir sin pedir permiso. Nombrarlas es también nombrarnos. Es decir: estamos aquí, y nuestra historia también importa.
Entonces, en este Día del Libro, ¿Qué autoras han sido olvidadas en tu biblioteca personal? ¿Qué lecturas te han marcado y qué otras podrían transformarte si tan solo alguien te hablara de ellas? ¿Cómo podemos construir un presente donde las voces de las escritoras no solo se recuerden, sino que se escuchen, se enseñen y se celebren?
Columna de reflexión
Jessica Ortega Palavecinos
Docente y escritora
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