Este 4 de mayo se conmemora el centenario del Trabajo Social en Chile y Latinoamérica. A pesar de su rol esencial, la profesión sigue fuera del Código Sanitario. ¿La razón? Que no manejan farmacología, entre otras justificaciones del MINSAL. Pero sí saben de humanidad, dolor y vida real
En 2023, en MINSAL explicó que el Trabajo Social no está incluido en el Código Sanitario porque “no tiene formación en farmacología, no cumplimos con estándares para ser profesionales de la salud”, entre otros comentarios.
Sus palabras fueron como un balde de agua fría para los y las trabajadoras sociales, pero también un espejo brutal de un sistema que aún entiende la salud desde un enfoque biomédico, incompleto y profundamente deshumanizado.
Este 4 de mayo se cumplen 100 años desde la fundación de la primera Escuela de Servicio Social en Chile y América Latina, impulsada por el Dr. Alejandro del Río, un salubrista que sí entendía que la salud no puede abordarse sin mirar la pobreza, la desigualdad, la violencia, el abandono y la desesperanza.

Un siglo después, seguimos luchando por demostrar que cuidar no es solo medicar, que acompañar no se enseña en una clase de fármacos, y que sanar —de verdad— implica mucho más que prescribir.
¿No sabemos de farmacología? Es cierto.
Pero sí sabemos cómo acompañar a una madre que pierde a su hijo.
Sí sabemos cómo sostener una alta médica que ninguna red familiar puede asumir o un Estado que no responde.
Sí sabemos cómo contener a un paciente terminal que muere solo.
Sí sabemos cómo intervenir en una urgencia social, en una crisis de salud mental, en un duelo sin cuerpo que despedir.
Sabemos lo que significa llegar cuando el dolor es inabordable para otros profesionales.
Cuando hay una situación de suicidio en la sala, un abuso sexual en la urgencia, un niño hospitalizado sin red, una mujer golpeada que no puede volver a casa.
Sabemos sostener a los equipos clínicos que ya no pueden más, que lloran en pasillos o sienten culpa tras una mala noticia.
Sabemos entrar en esa escena crítica, leer la emocionalidad, desactivar la desesperación, construir sentido y activar respuestas donde no hay nada.
Ese es nuestro lenguaje: el del riesgo social, la dignidad, el vínculo y la posibilidad.
Esos son nuestros fármacos: la escucha, la ética, la estrategia y la contención.
Y lo hacemos todos los días. Sin horas extra. Sin visibilidad. Y muchas veces, sin equipos suficientes y bajo una precarización laboral impresentable.
Durante la pandemia, el personal social estuvo en la primera línea: diseñamos protocolos para duelos, activamos redes donde no existían, enfrentamos abandono, pobreza extrema y violencia en condiciones límite. Pero no fuimos parte de los balances oficiales. No salimos en las cifras. No se nos mencionó en los agradecimientos. La invisibilización institucional dolió tanto como el agotamiento físico.
La Organización Mundial de la Salud define la salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de enfermedad. Bajo esa definición, el Trabajo Social no solo es parte de la salud: es esencial para garantizarla. Porque nadie puede hablar de bienestar sin abordar la violencia, el abandono, el miedo o la soledad que sufren tantas personas al interior del sistema.
Además, es urgente decirlo con claridad: leyes como la Ley Mila, Ley Dominga, Ley de Salud Mental, Ley de Cuidados Paliativos, Ley de Identidad de Género, Ley de Derechos y Deberes en Salud son fundamentales, pero incompletas ante la ausencia del Trabajo Social. En todas ellas se habla de acompañamiento, toma de decisiones informadas, contención, redes y dignidad, pero se omite sistemáticamente a la profesión que lidera esas intervenciones en la práctica. Una omisión grave que afecta la implementación real y humana de cada norma.
No se puede hablar de salud integral sin quienes conocen los determinantes sociales.
No se puede construir un sistema centrado en las personas sin quienes intervienen en lo humano.
Y no se puede seguir ignorando a una profesión que ha sostenido el alma del sistema por cien años, solo porque su saber no cabe en una receta médica.
Avanzar hacia una Ley de Trabajo Social y nuestra inclusión en el Código Sanitario no es solo una demanda gremial. Es una urgencia ética, sanitaria y social.
Porque un sistema de salud sin Trabajo Social es como una receta sin diagnóstico: técnicamente correcta, pero ciega ante la vida real.
Y si después de 100 años aún no lo entienden, es porque no han sabido mirar más allá del bisturí.
Maritza Ortega Palavecinos
Trabajadora social
@trabajosocial_saludpublica
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