El síndrome del impostor es un fenómeno psicológico en el cual personas capaces y exitosas sienten que no merecen sus logros y temen ser descubiertas como “fraudes”. Aunque puede afectar a cualquier persona, diversos estudios demuestran que las mujeres son especialmente vulnerables a experimentarlo. Esta experiencia subjetiva no solo afecta su bienestar emocional, sino que también limita su desarrollo profesional y perpetúa desigualdades estructurales.
Según una investigación realizada por KPMG, bajo el título de “Advancing the Future of Women in Business” , reveló que el 75% de las mujeres profesionales han experimentado el síndrome del impostor en algún momento de sus carreras. Un análisis realizado por la Universidad Estatal de California, revisó más de 100 estudios, confirmando que las mujeres obtienen consistentemente puntajes más altos que los hombres en escalas de medición del síndrome del impostor.
¿Por qué tantas mujeres, incluso en posiciones de liderazgo, dudan de su propio mérito?
¿Qué dice esto sobre la manera en que validamos y visibilizamos los logros femeninos?
El fenómeno se intensifica por una mezcla de factores personales y sociales:
- Estereotipos de género: Desde la infancia, muchas niñas reciben mensajes que las empujan hacia la modestia, el cuidado del otro y la autosilenciación.
- Falta de representación: Las mujeres suelen ser minoría en espacios de poder y decisión, lo que refuerza la sensación de “estar fuera de lugar”.
- Autoexigencia: El perfeccionismo, el temor a fallar y la tendencia a no reconocerse como merecedoras son más frecuentes en mujeres, en parte por los mandatos sociales internalizados.
¿Qué tan profundamente ha calado en nosotras la idea de que no basta con ser buenas, sino que debemos ser perfectas para ser vistas? ¿Cómo influye el hecho de ver pocos referentes femeninos en roles de poder en la construcción de nuestra propia seguridad?
Una observación relevante —y muchas veces omitida— es que una gran parte de las mujeres que logran profesionalizarse lo hacen en áreas históricamente vinculadas al cuidado: educación, trabajo social, enfermería, matronería, psicología, entre otras. Estos ámbitos, social y culturalmente feminizados, suelen estar menos remunerados y recibir menor reconocimiento social, a pesar del altísimo valor que aportan a la vida colectiva.
Esta sobre concentración en profesiones de cuidado no solo responde a vocaciones legítimas, sino también a una reproducción simbólica del rol maternal y contenedor que se espera de las mujeres, incluso en lo profesional. Así, muchas cargan con una doble presión: cuidar al otro y justificar constantemente su presencia en el espacio laboral. Esto puede potenciar el síndrome del impostor: trabajar en profesiones subvaloradas, desde un rol tradicionalmente asociado a lo femenino, refuerza la sensación de que el éxito no es legítimo.
¿Cuánto del “éxito profesional femenino” sigue estando condicionado por roles de género?
¿Por qué el trabajo del cuidado, aun siendo esencial para la vida humana, sigue siendo considerado menos valioso? ¿Cómo influye esta realidad en la autopercepción de las mujeres sobre su capacidad y merecimiento?
Superar esta trampa emocional requiere trabajo interno y transformación cultural:
- Visibilizar logros y romper el silencio: Hablar del síndrome del impostor reduce su poder.
- Buscar redes de apoyo entre mujeres: Compartir experiencias puede ser profundamente liberador.
- Transformar los espacios laborales: Promover culturas de reconocimiento, diversidad y liderazgo femenino.
- Educar en igualdad desde la infancia: Romper con los estereotipos de género desde la raíz.
El síndrome del impostor no nace de la incapacidad, sino de un sistema que durante siglos ha puesto en duda el lugar de las mujeres en el saber, el poder y la creación. Es hora de que reconozcamos el talento femenino en toda su diversidad, rompamos con los estigmas que silencian y valoremos no solo lo que hacen las mujeres, sino cómo lo hacen: con compromiso, sensibilidad, inteligencia y humanidad. La transformación comienza cuando dejamos de preguntarnos si somos suficientes y empezamos a preguntarnos quién nos hizo creer que no lo éramos.
Columna de opinión de Jessica Ortega.
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