La escuela es, sin duda, uno de los espacios sociales más relevantes en la formación de subjetividades. A través de ella no solo se transmiten conocimientos académicos, sino también normas, valores y representaciones sobre cómo debemos comportarnos, qué se espera de nosotras y nosotros, y cuál es nuestro lugar en el mundo. En ese proceso silencioso, pero constante, los roles de género se enseñan, se refuerzan y se naturalizan.
Desde la sala cuna hasta la educación media, niños y niñas reciben mensajes explícitos e implícitos sobre lo que se espera de cada uno según su género. A través del lenguaje, los juegos, las actividades, los colores, el uniforme, los castigos y hasta los elogios, se va moldeando una idea rígida y jerárquica de lo masculino y lo femenino.
Por ejemplo, mientras a los niños se les incentiva a ser activos, valientes o líderes, a las niñas se les suele elogiar por ser tranquilas, responsables o “buenas compañeras”. Las áreas de matemáticas, tecnología o ciencias muchas veces son asociadas a lo masculino, mientras que el lenguaje, el arte y el cuidado quedan reservados al universo femenino. Así, se construye una expectativa diferenciada que condiciona elecciones vocacionales, autoestima, y formas de estar en el mundo.
Aunque muchos avances se han hecho en materia de equidad, el llamado “currículo oculto” —aquello que se enseña sin declararlo— sigue transmitiendo roles de género tradicionales. Los libros de texto aún presentan más figuras masculinas que femeninas en posiciones de poder o relevancia histórica. Las tareas domésticas y de cuidado, cuando aparecen, siguen siendo ilustradas casi exclusivamente con figuras femeninas.
Esto no solo reproduce estereotipos: los legitima. Si las niñas siempre ven a los hombres tomando decisiones y a las mujeres cuidando, no será extraño que más tarde duden de su capacidad de liderar o sientan que su lugar natural es el de “apoyar”.
¿Qué imágenes y relatos les estamos dando a nuestros estudiantes sobre lo que pueden ser? ¿Qué papel juega el lenguaje sexista o la omisión de mujeres en la historia que se enseña?
Más allá del aula, el entorno escolar también puede ser escenario de discriminación, acoso o violencia de género. Las niñas y adolescentes enfrentan con frecuencia comentarios sobre su apariencia, presión estética o control sobre su vestimenta. Los niños, por su parte, son muchas veces forzados a reprimir sus emociones para “no parecer débiles”, lo que también configura un tipo de violencia.
Además, quienes no se ajustan a la norma binaria o heterosexual suelen ser objeto de burlas, exclusión o invisibilización, generando un ambiente hostil para su desarrollo.
¿Qué tan libre puede ser una infancia que crece temiendo expresarse tal como es?
¿Está nuestra escuela preparada para incluir todas las identidades sin discriminación?
La escuela puede ser una gran aliada en la construcción de una sociedad más justa, pero para ello es urgente que revise los lentes con los que mira y educa. El cambio no vendrá solo con decretos o leyes, sino con una transformación profunda de las prácticas cotidianas, de la forma en que hablamos, corregimos, valoramos y enseñamos.
Educar con perspectiva de género no es adoctrinar. Es abrir caminos. Es permitir que cada niña sepa que puede ser líder, inventora, artista o libre. Es enseñarle a cada niño que también puede cuidar, llorar, dudar o soñar. Porque solo cuando educamos desde la equidad, educamos desde la dignidad.
Columna de opinión de Jessica Ortega
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