Hablar de salud mental desde una perspectiva de género no es solo una necesidad teórica, sino una urgencia vital. Durante siglos, la historia de la psicología ha sido escrita —y prescrita— por voces masculinas, que interpretaron el sufrimiento femenino bajo lentes muchas veces reduccionistas, patologizantes y desvinculadas del contexto social. Así, la salud emocional de las mujeres ha estado profundamente atravesada por los mandatos de género que las han situado en roles de cuidado, sacrificio y silencio.
Desde los albores de la psicología, figuras como Freud, Adler o Jung construyeron teorías que, si bien fueron fundacionales, también dejaron una marca sesgada. La histeria femenina, por ejemplo, fue durante años una etiqueta que no decía nada del mundo que rodeaba a las mujeres, pero sí mucho del mundo que los hombres querían explicar. En vez de comprender el sufrimiento emocional como un síntoma de opresión estructural, se interpretó como una disfunción individual, y por tanto, como un problema a medicalizar o controlar.
Esta tradición de lectura masculina se mantuvo incluso cuando la psicología se diversificó. La salud mental femenina siguió anclada a patrones de normalidad que no consideraban el peso simbólico y práctico de ser mujer. Así, cuando una mujer experimenta ansiedad por sostener el equilibrio entre el trabajo, la maternidad, la pareja y el autocuidado, no siempre se la escucha desde una comprensión integral, sino que se la invita —a veces sutilmente, otras veces con medicamentos— a adaptarse mejor al sistema. ¿Y si el problema no está en su falta de resiliencia, sino en la sobrecarga que arrastra?
Los mandatos de género han sido verdaderas cargas psíquicas normalizadas. Se espera de las mujeres que contengan, que escuchen, que amen incondicionalmente, que sostengan a los otros sin sostenerse a sí mismas. Esta constante exigencia emocional no solo agota, sino que también produce síntomas: insomnio, culpa, depresión, trastornos alimentarios, entre otros. La salud mental se vuelve entonces el espejo donde se reflejan las tensiones entre lo que se espera de una mujer y lo que ella realmente siente o desea.
Además, el sufrimiento femenino ha sido muchas veces invisibilizado o minimizado. El llanto se asocia con debilidad, la queja con exageración, el cansancio con falta de voluntad. Estas narrativas no hacen más que profundizar el aislamiento emocional, porque invalidan la experiencia subjetiva. Cuando una mujer se siente escuchada solo si su malestar tiene una etiqueta diagnóstica, estamos frente a una cultura que solo legitima el dolor cuando puede ser normado por el discurso biomédico.
Una mirada de género en salud mental exige entonces una revisión crítica de la historia, pero también de nuestras prácticas actuales. Implica no solo atender a los síntomas, sino también a los contextos que los producen. Implica entender que muchas mujeres no están “locas”, están exhaustas. No están “deprimidas” sin causa, sino heridas por años de mandato, de silenciamiento, de doble jornada, de amor no correspondido por estructuras sociales que no las cuidan.
Recuperar la salud emocional de las mujeres es, por tanto, un acto profundamente político. Significa construir espacios terapéuticos donde se validen sus historias, se reconozcan sus batallas invisibles, y se cuestionen los modelos que históricamente han pretendido decirles cómo deben sentirse. Una salud mental con perspectiva de género no busca adaptar a las mujeres al sistema, sino transformar ese sistema para que no siga enfermándolas.
Columna de opinión de Jessica Ortega (@jess_munay).
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