En la era digital, la violencia no siempre se presenta con puños ni gritos. A veces se disfraza de emojis, likes, memes o silencios. La violencia simbólica —esa forma de agresión que opera mediante la invisibilización, la burla o la descalificación— ha encontrado en las redes sociales un terreno fértil para crecer y reproducirse. Como afirmó Pierre Bourdieu, su mayor peligro radica en que “se ejerce con el consentimiento de quienes la padecen”, pues se ha naturalizado profundamente. Aunque esta violencia afecta de manera desproporcionada a mujeres y disidencias, también impacta a hombres, especialmente cuando se apartan de los mandatos tradicionales de la masculinidad o no se adecuan a los estándares hegemónicos.
¿Qué nuevas formas adopta esta violencia?
En los entornos digitales, la violencia simbólica adopta múltiples expresiones, entre ellas:
- Ciberacoso
- Pornovenganza
- Control digital en relaciones
- Humillaciones públicas
- Difusión no consentida de imágenes íntimas
- Comentarios sexistas, homofóbicos o transfóbicos
- Burlas relacionadas con el cuerpo, la salud mental, la clase social o la apariencia
Según Amnistía Internacional (2018), el 23 % de las mujeres en países desarrollados ha sido víctima de acoso en línea. No obstante, el fenómeno también alcanza a los hombres: el 18 % de los varones jóvenes reporta haber sufrido ciberacoso o ataques simbólicos, especialmente cuando expresan emociones, muestran vulnerabilidad o desafían los roles tradicionales asignados a su género.
Una de las expresiones más graves de esta violencia es la pornovenganza —la difusión no autorizada de contenido íntimo—, que suele estar dirigida principalmente hacia mujeres como forma de castigo por ejercer su libertad sexual. Según el informe Violencia sexual digital contra niños, niñas y adolescentes de la Defensoría de la Niñez (2023):
- El 28 % de las adolescentes mujeres declaró haber sufrido acoso, rumores o presiones de índole sexual en línea durante el último año.
- En el caso de los adolescentes hombres, esta cifra fue del 15 %.
A nivel regional, en 2017 la organización Derechos Digitales reveló que Chile ocupaba el segundo lugar en América Latina en cantidad de sitios que alojaban contenido íntimo filtrado sin consentimiento.
Las redes sociales no son espacios neutros. Sus algoritmos privilegian ciertas corporalidades, discursos y comportamientos. A las mujeres se les impone el mandato de belleza, dulzura y deseo constante. A los hombres, el de éxito, fuerza y autocontrol. Aquellos que no encajan —por ser sensibles, delgados, queer, racializados, o simplemente distintos— se convierten en blanco de burlas, invisibilización o discursos de odio.
Como señala la periodista argentina Luciana Peker:
“El machismo digital no solo odia a las mujeres: odia todo lo que se sale del guion patriarcal.”
¿Y qué ocurre con los adolescentes?
Niñas, niños y adolescentes están siendo educados emocionalmente por los algoritmos, los comentarios y los contenidos virales. La exposición constante y temprana a estas dinámicas tiene un profundo impacto en su autoestima, su salud mental y su forma de vincularse.
La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2023) advierte que el ciberacoso es hoy uno de los principales factores de riesgo para el suicidio adolescente. Aunque la violencia simbólica afecta a personas de todos los géneros, quienes transgreden las normas tradicionales de comportamiento, identidad o cuerpo son los más castigados.
La violencia simbólica digital no se resuelve con censura ni silencio, sino con educación crítica, autonomía emocional y entornos seguros. Es necesario enseñar a niñas, niños y adolescentes que el respeto no termina donde empieza la pantalla, y que pedir ayuda o hablar sobre lo que duele no es un signo de debilidad, sino de fortaleza.
Como dice la escritora Brenda Navarro:
“Lo que no se nombra, no existe. Y lo que no se protege, se repite.”
Nombrar estas formas de violencia —contra mujeres, hombres y disidencias— es el primer paso para transformarlas. Porque el mundo digital no es un universo aparte: es el nuevo territorio donde se disputan el sentido de nuestras relaciones, nuestros cuerpos y nuestra dignidad.
Columna de opinión de Jessica Ortega (@jess_munay).
¿Te gustó esta noticia?
Recibe las mejores noticias de Puente Alto cada semana directamente en tu correo.
📧 Sin spam • Cancela cuando quieras • +2,500 suscritos


