Llegaron las vacaciones de invierno y, para muchas niñas y niños, no significan descanso. No hay panoramas, no hay salidas, no hay juegos en la nieve. Para ellos, las vacaciones son sinónimo de encierro, frío, tele encendida todo el día, cuando hay luz, y una pregunta que se repite silenciosamente: “¿qué vamos a comer hoy?”
En sectores marcados por la cesantía, la falta de oportunidades y la desigualdad estructural, las vacaciones escolares pueden convertirse en un tiempo aún más hostil para la infancia. Especialmente para quienes encuentran en la escuela mucho más que educación: su comida segura del día, un espacio de contención emocional, acceso a abrigo, y un lugar donde, al menos por unas horas, no hay gritos ni golpes.
Porque sí: también hay niños y niñas que temen las vacaciones, porque pasar más tiempo en casa significa más exposición a dinámicas violentas. Casas pequeñas, familias hacinadas, estrés acumulado, consumo problemático, pobreza y desesperanza. Realidades que no se ven en las postales de invierno, pero que están allí, cada año, repitiéndose en silencio.
Mientras algunos planifican talleres recreativos, viajes al sur o tardes de cine, otros caminan cuadras buscando señal de internet o se turnan un celular viejo para entretenerse como se pueda. Porque el ocio también es un lujo en muchos territorios. No hay Wi-Fi. No hay computadores. No hay talleres gratuitos cerca. No hay transporte. No hay con quién dejar a los hermanos menores. No hay espacio… No hay vacaciones.
Porque incluso algo tan simple como ir al cine, una salida común para muchas familias, se vuelve inaccesible. Solo los pasajes, las entradas, las cabritas y un jugo pueden significar más de $30.000 pesos para una familia de cuatro personas. Y eso, cuando se tiene suerte de contar con locomoción directa. Porque aunque existen algunas actividades gratuitas, la mayoría están lejos: el ocio existe, pero no siempre llega a todos los rincones.
También están ellas: las madres o abuelas que lo han dado todo durante el año. Las que madrugan, preparan colaciones, trabajan largas jornadas y ahora tampoco pueden descansar. Otras no tienen red de apoyo para cuidar a sus hijos durante las vacaciones. Tampoco pueden ausentarse del trabajo.
¿Quién cuida cuando el cuidado no está garantizado como derecho?
¿Quién acompaña cuando el sistema responde con silencio?
En otro tiempo, cuando muchas de nosotras éramos niñas, existían las escuelas de invierno y de verano: espacios comunitarios en los mismos colegios, donde se podía jugar, pintar, aprender, ver películas, tener una rutina, compartir con otros y, al menos, asegurar un almuerzo digno. Hoy, esas iniciativas han ido desapareciendo. Y con ellas, también se ha ido apagando la idea de que el Estado puede, y debe, cuidar, no solo enseñar.
Hay familias que sobreviven el invierno apagando la estufa por miedo a la cuenta del gas, comiendo pan con té en la noche para estirar los porotos del almuerzo, y mirando cómo la infancia se vive en pausa.
¿Dónde está el descanso en medio del frío y la angustia?
¿Dónde está la protección cuando la casa no abriga, cuando no hay redes, cuando las instituciones cierran por vacaciones?
Y a pesar de todo, siguen apareciendo resistencias invisibles: trabajadoras sociales que gestionan apoyos en red; profesoras que entregan libros a domicilio; dirigentes sociales que abren un comedor; vecinas que arman talleres en patios prestados.
Gente común haciendo cosas extraordinarias, para que un niño o una niña, al menos por un rato, pueda reír, aprender, soñar.
Las vacaciones de invierno también son un espejo social: nos muestran la desigualdad sin maquillaje.
Y nos recuerdan que el derecho a jugar, a alimentarse, a estar seguros, no se detiene por calendario.
No podemos normalizar que haya niñas y niños que asocien el invierno y más vacaciones, con hambre, encierro o miedo.
No podemos permitir que la pobreza siga dictando cómo se vive la infancia en este país.
Porque cuando las vacaciones se sienten como castigo, no estamos fallando como sistema.
Estamos fallando como sociedad.
Maritza Ortega Palavecinos
Trabajadora Social – @trabajosocial_saludpublica
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