150 mil atenciones por salud mental en urgencias solo en la primera mitad del 2025. Un número que debería remecernos. Pero no por lo sorpresivo, sino por lo esperado. Porque esto no es una emergencia repentina. Es una consecuencia largamente anunciada. De un sistema que no escucha, no previene y no sostiene. De una sociedad que les exige a las personas, especialmente a niños, niñas y adolescentes, que funcionen como si nada, incluso cuando por dentro se están desmoronando.
El alza de crisis emocionales no comenzó este año. Viene arrastrándose desde hace tiempo, y se agudizó con fuerza tras la pandemia. Pero la pandemia solo vino a acelerar un deterioro que ya existía. Presión escolar, sobre exigencia, ansiedad constante, falta de espacios de escucha, silencios que se heredan. Adolescentes con el pecho apretado, sin herramientas para nombrar lo que sienten, sin adultos disponibles para sostenerlos, sin escuelas preparadas para acompañar más allá del rendimiento.
Muchos llegan a urgencias porque ya no pueden más. Porque no hay cupos con psiquiatras, porque las listas de espera en salud mental son eternas, porque en su entorno nadie detectó – o no quiso ver – las señales que daban. Y cuando llegan, se enfrentan a un sistema que tampoco estaba listo. Urgencias sin profesionales especializados, sin espacios adecuados, sin protocolos reales para una crisis emocional profunda. Un sistema que busca estabilizar lo inmediato, pero no se pregunta qué pasó antes ni qué pasará después.
En este escenario, se vuelve casi cínico pedirles a los adolescentes más resiliencia. No se trata de que no aguanten. Se trata de que no quieren seguir callando. Que ya no quieren seguir anestesiando su dolor. Y lo mínimo que podríamos hacer como sociedad es escuchar ese grito, sin minimizarlo, sin romantizarlo, sin esconderlo tras frases hechas.
No basta con preparar a los equipos de urgencia. Claro que es necesario, pero no es suficiente. También hay que preparar a las y los adultos que conviven con niños, niñas y adolescentes todos los días. Madres, padres, cuidadores, docentes, directivos escolares. Todos ellos deben contar con herramientas reales para contener, para observar, para acompañar, para no trivializar lo que sienten quienes están creciendo en un mundo lleno de presiones, de incertidumbres y de soledades disfrazadas.
Decimos que la salud mental importa, pero seguimos actuando como si fuera un tema secundario. Como si se pudiera abordar en una charla al año o en una campaña bonita en redes sociales. La salud mental necesita tiempo, necesita equipos, necesita inversión, necesita voluntad política y compromiso cotidiano. No solo cuando la crisis ya estalló, sino mucho antes. Porque cuando llegamos a urgencias, ya vamos tarde.
No es casual que los servicios estén colapsados. Tampoco es casual que los adolescentes sean los más afectados. Es lo que pasa cuando no se cuida el vínculo, cuando se desconoce el sufrimiento, cuando se medicaliza lo que debería haberse acompañado. Y mientras tanto, seguimos sumando cifras. Pero las cifras, por sí solas, no conmueven. Lo que debería conmovernos son las historias que hay detrás: adolescentes que sienten que su vida no tiene sentido, que no encuentran espacio donde ser escuchados, que cargan con dolores demasiado grandes para su edad.
Hablar de salud mental no puede seguir siendo solo una consigna que aparece en campañas de temporada o discursos bien intencionados. Tiene que ser una prioridad concreta, transversal y sostenida, con recursos asignados, con tiempos reales para intervenir, con voluntad política y sensibilidad humana. Porque mientras sigamos actuando como si no pasara nada, seguiremos llegando siempre tarde: tarde al sufrimiento de una niña que dejó de comer por ansiedad, tarde a la rabia contenida de un joven que nunca fue escuchado, tarde al cansancio extremo de una madre que ya no puede más.
Tenemos que empezar a mirar el problema de frente, sin filtros, sin excusas y sin miedo. Dejar de actuar como si no supiéramos. Porque sí lo sabíamos. Lo sabíamos cuando vimos las salas llenas, cuando nos llegaron derivaciones sin diagnóstico, cuando nos tocó contener a alguien que no quería seguir viviendo. Lo sabíamos cuando les pedimos que aguanten, que se calmen, que maduren, sin darles las herramientas para sostenerse. Lo sabíamos… y aun así, seguimos llegando tarde.
Pero no tiene por qué ser siempre así. Podemos elegir hacerlo distinto. Podemos elegir escuchar antes de que griten, acompañar antes de que se aíslen, cuidar antes de que colapsen. No como una obligación institucional, sino como un compromiso ético, humano y colectivo. Porque la salud mental no es un lujo ni un capricho. Es la base para que la vida sea habitable. Y ya no podemos permitirnos seguir postergándola.
Columna escrita por Maritza Ortega Palavecinos.
@trabajosocial_saludpublica
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