Hace tres días celebramos el Día de la Niñez. Fue un día lleno de colores, fotos en redes sociales, promociones y actividades que, por unas horas, parecían recordarnos la importancia de cuidar y valorar a quienes recién comienzan su camino en el mundo. Pero mientras muchos niños y niñas recibían regalos, globos y abrazos, otros observaban esa alegría desde lejos… o simplemente no la vivieron.
Pienso en la niñez que hoy sigue esperando: en quienes viven en residencias, lejos de su familia y de cualquier abrazo conocido; en los que han sido víctimas de abuso sexual, cargando heridas que no se curan con un juguete; en quienes trabajan en la calle para ayudar al sustento del hogar, aprendiendo demasiado pronto lo que es la responsabilidad adulta; en los niños y niñas migrantes que, lejos de su país, intentan adaptarse a una vida donde muchas veces no se les mira con dignidad; en quienes duermen en una plaza o en un paradero, invisibles para la mayoría.
La Convención sobre los Derechos del Niño y nuestras propias leyes dicen con claridad que todo niño, niña y adolescente es sujeto de derechos: derecho a vivir en familia, a la salud, a la educación, a estar protegidos frente a toda forma de violencia, a jugar, a soñar, a tener un presente y un futuro en condiciones de dignidad.
No es un favor ni un privilegio, es un compromiso que el Estado y la sociedad asumimos. Sin embargo, la distancia entre lo que declaramos y lo que realmente garantizamos es dolorosamente evidente.
Estamos al debe, y no desde hace tres días, sino desde hace décadas. Los sistemas de protección muchas veces reaccionan tarde, cuando la vulneración ya ha dejado huella. La pobreza, la desigualdad, la discriminación y la falta de coordinación entre sectores siguen impidiendo que los derechos se cumplan de forma efectiva. Y mientras discutimos diagnósticos y redactamos planes, la infancia sigue esperando.
El enfoque de curso de vida nos recuerda algo esencial: lo que ocurre en los primeros años marca todo el desarrollo posterior. Un niño que hoy crece sin cuidados, que vive violencia o que es privado de educación y afecto, no solo está perdiendo su presente: también ve condicionado su futuro. Y esto no es un problema individual, es un reflejo de la sociedad que hemos construido.
No se trata solo de la voluntad política del gobierno de turno. Garantizar los derechos de la niñez requiere la acción articulada de todos los actores: un Poder Judicial que actúe con celeridad y sin revictimizar, policías formados para proteger y no para atemorizar, vecinos y comunidades que no se queden en la indiferencia, una sociedad civil organizada que exija y proponga, profesionales de la salud que detecten y actúen frente a señales de vulneración, equipos educativos que pongan en el centro la protección y el bienestar, programas de reparación que realmente sanen y no solo administren el daño.
Nadie puede lavarse las manos diciendo que no es su responsabilidad: la infancia nos pertenece a todos.
Tal vez el verdadero sentido de un día conmemorativo sea precisamente incomodarnos, mirarnos con honestidad y reconocer que no podemos felicitarnos como país mientras haya niños y niñas para quienes el juego es un lujo, la escuela un sueño lejano y la seguridad una excepción.
Celebrar a la niñez no es un acto simbólico de 24 horas; es una tarea diaria que exige voluntad política, acción comunitaria y compromiso ciudadano.
Algunos dijeron en sus discursos de campaña que “los niños primero”. Aún seguimos esperando. Tal vez lo que quisieron decir es que estarán primero… cuando cumplan 18 años y puedan votar. Estamos a pocos meses de nuevas elecciones, y nuevamente la conversación pública se concentra en la seguridad, el orden, las expulsiones de migrantes, las disputas partidarias. Y los niños, ¿dónde quedan en esa agenda? Una sociedad que posterga sistemáticamente a su infancia está hipotecando su futuro, y eso no se resuelve con promesas, sino con acciones concretas y sostenidas.
La pregunta no es si hay motivos para celebrar, sino si hay razones para dejar de postergar lo que debemos hacer. Porque la infancia no espera, y cada día que pasa sin garantizar sus derechos es un día que no podemos recuperar.
Y si es cierto que una comunidad se mide por cómo trata a sus niños y niñas, entonces aún estamos a tiempo de cambiar nuestra medida. Depende de que cada actor – Estado, instituciones, vecinos, familias- entienda que no hay tarea más urgente ni más noble que proteger la niñez.
Que pasemos de la palabra a la acción.
Que hagamos de todos los días un Día de la Niñez.
Porque cuando ellos ganan derechos, ganamos todos.
Columna de opinión de Maritza Ortega Palavecino
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