Cada septiembre se abre un espacio fundamental para reflexionar en torno a la salud mental y la prevención del suicidio. No es un tema fácil, pero sí necesario. Hablar de ello es una forma de salvar vidas, de romper silencios y de invitar a que nadie tenga que luchar en soledad. Este mes, y especialmente el 10 de septiembre, Día Mundial de la Prevención del Suicidio, se nos recuerda la urgencia de mirar con humanidad a quienes atraviesan momentos de desesperanza.
Existe un mito muy arraigado: que las fiestas de fin de año o el invierno son épocas en que las personas se suicidan más. La evidencia científica dice lo contrario. Las cifras muestran que los meses de primavera y principios de verano son los de mayor riesgo. En el hemisferio sur, septiembre y octubre suelen marcar un alza en las tasas de intento y consumación de suicidio.
¿Por qué ocurre esto? La llegada de la primavera trae consigo un cambio brusco: más horas de luz, mayor actividad social y académica, expectativas de bienestar. Sin embargo, para quienes ya arrastran síntomas depresivos, ansiedad o un sufrimiento silencioso, este contraste puede profundizar la sensación de vacío. A eso se suman las altas temperaturas, que según diversos estudios aumentan la irritabilidad, el insomnio y el riesgo de conductas impulsivas. Se ha comprobado que por cada grado extra de calor, sube la incidencia de urgencias psiquiátricas por ideación suicida, sobre todo en adolescentes.
El suicidio es hoy una de las principales causas de muerte entre adolescentes y jóvenes en el mundo. En países como Estados Unidos es la segunda causa de muerte entre los 10 y los 24 años. En Chile, las estadísticas también muestran un incremento preocupante.
Durante la adolescencia confluyen múltiples factores de riesgo: cambios hormonales, presión escolar, búsqueda de identidad, exposición al bullying o la violencia digital, consumo problemático de redes sociales, soledad y duelos no elaborados. La pandemia acentuó estas fragilidades: se estima que los intentos de suicidio en adolescentes aumentaron más de un 30 % en los últimos años, con un alza mucho más marcada en mujeres jóvenes.
En este contexto, el silencio y la falta de conversación abierta se convierten en un riesgo adicional. Hablar del suicidio en casa, en los colegios y en los espacios de salud no incentiva la conducta: al contrario, ofrece la oportunidad de detectar señales, acompañar y tender redes de apoyo.
Mitos y realidades que debemos derribar
Mito: “Hablar del suicidio provoca que alguien lo intente”.
Realidad: Hablar puede salvar. Nombrar el dolor abre la puerta a pedir ayuda.
Mito: “Quien amenaza con suicidarse solo busca llamar la atención”.
Realidad: Toda señal debe tomarse en serio. Minimizarla puede ser fatal.
Mito: “El suicidio ocurre de manera repentina, sin aviso”.
Realidad: En la mayoría de los casos existen señales previas: aislamiento, cambios bruscos de conducta, regalar objetos valiosos, verbalizar desesperanza.
Mito: “Es un problema solo de jóvenes”.
Realidad: Aunque los adolescentes son un grupo de alto riesgo, los adultos de mediana edad – especialmente hombres – también presentan tasas muy altas.
Derribar estos mitos es clave para generar una cultura de prevención.
A nivel global, se estima que cerca de 700.000 personas mueren cada año por suicidio, y por cada una de estas muertes hay decenas de intentos. En Chile, según datos del Ministerio de Salud, la tasa de suicidio ronda los 10 casos por cada 100.000 habitantes, y los adolescentes representan una franja especialmente vulnerable. Cada cifra es una vida, una familia, una comunidad impactada.
La prevención es tarea colectiva. Escuchar sin juzgar, acompañar, preguntar directamente cómo se siente la persona, ofrecer ayuda concreta y derivar a profesionales son gestos que marcan la diferencia. Recordemos siempre: pedir ayuda es un acto de valentía.
La primavera nos invita a florecer, pero también nos recuerda que no todas las personas viven este cambio con esperanza. Este mes, sumemos voces para acompañar y derribar el silencio. Hablemos, escuchemos, abracemos. Un gesto puede salvar una vida
Columna de opinión de @trabajosocial_saludpublica
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