Querido Ricardo, me costó mucho sentarme a escribir estas palabras, porque aún no estaba preparada para despedirte.
Sé que tomaste la decisión de mantener en privado tu estado de salud y, aunque no la comparto, la respeto. Creo que puedo entender tus motivaciones para una elección así; sin embargo, me cuesta pensar que ya no tendremos esas conversaciones llenas de esperanza y alegría que tanto me gustaba tener contigo.
Nos conocimos a propósito del aniversario del Monkey Resto Bar, uno de tus negocios. Una vez más, con mi clásica patudez, te lancé un mensaje por Instagram. Ahí viste que teníamos un amigo en común, Iván Martínez, a quien le preguntaste quién era yo. Por suerte, el Iván me dejó bien parada, jaja, y así comenzamos a hablar. Fue en ese momento, en ese primer encuentro, que vi de qué estabas hecho. Me contaste lo tragicómico detrás de tu negocio, uno de los más simbólicos para ti, porque su nombre es, de alguna manera, un guiño a tu esencia, ya que tus amigos más cercanos y familiares te conocíamos como “Mono” o “Monito”.
Cuando iniciaste Monkey, otro amigo te convenció de que era una buena inversión. Recuerdo como si fuera hoy la cara y la mirada que tenías mientras me contabas cuánto hiciste para echar a andar este proyecto. Te jugaste la vida, tus ahorros familiares y apostaste; lo diste todo. Al poco tiempo vino la pandemia y pensaste lo peor, pero nunca bajaste los brazos: supiste surfear una ola inmensa con todo en contra, y lo lograste.
Cuando nos conocimos en persona, nos sentamos en Monkey a comer un ceviche y me contaste todo. Yo estaba impactada con tu nivel de determinación, y en esa instancia aproveché de preguntarte un poco sobre tu vida. Me dijiste que eras un orgulloso puentealtino, que te criaste y estudiaste en esta comuna, donde forjaste grandes lazos de amistad. Siempre te interesó mantenerte conectado a ella de una u otra manera, porque querías verla crecer, y me dejaste claro que, si de ti dependía, ibas a aportar desde cualquier vereda.
Cada historia que me contabas, en torno a tu proceso como empresario siempre tenía una arista de hazaña. Te divertías relatándolas, sin ningún afán de alardear; más bien, yo veía en tu mirada y en tu expresión un genuino orgullo por tu perseverancia y tenacidad. A mí siempre me gustaba escucharte, algo que confieso me cuesta porque generalmente soy yo quien habla (y mucho). Sin embargo, contigo me importaban los detalles, ya que siempre sentí una profunda admiración.
Ricardo, cuando te pienso, te veo “regio”. Siempre te lo decía: me encantaba tu look, y aunque nunca te lo expresé de forma detallada, solo te llamaba “amigo regio”. Eras un buen librano, tenías un gran sentido de la estética y eras muy sociable. Tu paso por cualquier lugar siempre estaba marcado por una buena actitud. Te veía pensando a mil por hora en todos tus pendientes y quehaceres, siempre con una gran visión y amplitud de miras.
Trabajamos juntos en varias oportunidades, y la última vez que almorzamos me dijiste: “A todas contigo, Cami”, porque creías en mí, en César, en nuestros proyectos, en las comunicaciones y en el Portal.
Ese día fui con el “pelao” y mi hija a tu casa y te preocupaste especialmente de hacerla sentir cómoda. Fuiste muy amoroso con ella, y ese gesto, tan tuyo, me hizo inmensamente feliz.
Me tendiste la mano de manera desinteresada. Siempre me decías que confiabas y creías en mí, y que pronto estaría en el lugar que me correspondía; esas eran tus palabras cuando hablábamos de inversión, del crecimiento de nuestros negocios y de nuestros sueños.
Vi muy de cerca tu amor, ese inmenso e infinito amor por tus hijos. Me hablabas de ellos y muchas veces conversamos sobre organizar una junta con los niños, porque eso te encantaba. Eras un disfrutón de la vida, un hombre generoso y cariñoso, siempre devoto a tu familia y a tus cercanos.
Hoy quiero darte las gracias, Ricardo. Gracias por haberme dado la oportunidad de conocerte y el privilegio de compartir contigo. Quiero que quienes lean esta carta sepan que fuiste un excelente papá, hijo, hermano y amigo, además de un gran empresario puentealtino que siempre estuvo dispuesto a tender la mano.
Amigo querido, espero que en el cielo sigas agendando reuniones y pensando en nuevos proyectos, porque vibrabas con el trabajo y los desafíos. Espero, también, que puedas ir en tu moto viajando libre por el mundo, con el viento en el pelo, tus lentes de sol y buena música. Te imagino radiante, repartiendo tu alegría, abriendo oportunidades, abrazando a los tuyos y compartiendo en ese almuerzo con niños que acá no alcanzamos a concretar.
Espero que quienes te conocieron destinen un espacio especial para honrarte, porque tu historia de aprendizaje y crecimiento empresarial es un tremendo ejemplo.
Ojalá tu colegio lo haga ¿Qué mejor que en un lugar de formación de las nuevas generaciones se enteren de que hubo un puentealtino que, con mucho en contra, logró cumplir sus sueños? Que en tu barrio tus amigos hablen de ti, que tus trabajadores cuenten la clase de jefe que eras, que todo el mundo sepa que siempre se puede hacer frente a la adversidad, que ser de Puente Alto es un motivo de enorme orgullo y que se puede llegar tan lejos como uno se lo proponga.
Hoy yo quise usar lo que tengo a disposición, este medio de comunicación que me dio la oportunidad de rendirte estas palabras, a través de esta humilde carta que considero vale la pena, para que todos los que te conocieron puedan expresar alguna palabra aquí, y para que quienes no te conocieron sepan que hubo un empresario puentealtino brillante que merece ser recordado por siempre.
Este no es un adiós, Ricardo, porque sé que algún día nos volveremos a encontrar.
Un abrazo al cielo,
Tu amiga Cami Medina.
¿Te gustó esta noticia?
Recibe las mejores noticias de Puente Alto cada semana directamente en tu correo.
📧 Sin spam • Cancela cuando quieras • +2,500 suscritos


