Habitar un cuerpo cíclico es entrar en una danza interna que muchas veces hemos aprendido a ignorar. En una cultura que premia la productividad constante y el control emocional, el ciclo menstrual ha sido silenciado, patologizado o reducido a un simple dato biológico. Pero, ¿Qué ocurre si comenzamos a escucharlo como una fuente de sabiduría corporal y emocional? ¿Qué cambia cuando dejamos de ver la menstruación como una molestia para reconocerla como una brújula interna?
El ciclo menstrual no solo implica cambios hormonales visibles en el cuerpo, sino también movimientos emocionales profundos que nos atraviesan de forma única en cada fase. Desde la energía expansiva de la ovulación hasta la introspección del período premenstrual, nuestro cuerpo nos habla con señales sutiles y a veces intensas. Escuchar estas señales —permitirse descansar, poner límites, expresarse o conectar— es un acto de cuidado radical.
Sin embargo, muchas veces hemos aprendido a desconectarnos de estos mensajes. ¿Cuántas veces hemos invalidado nuestras emociones por considerarlas “hormonales”? ¿Cuántas veces nos hemos exigido seguir rindiendo, sin atender el llamado del cuerpo a bajar el ritmo o a sentir con más profundidad?
Reconocer las distintas fases del ciclo no significa encasillarse, sino más bien acoger la diversidad interna que nos habita. Comprender que hay momentos de mayor claridad mental, otros de vulnerabilidad, de energía creativa o de necesidad de recogimiento, nos permite tomar decisiones más alineadas con nuestro bienestar. ¿Qué pasaría si organizáramos nuestras rutinas, cuando es posible, escuchando ese ritmo interno? ¿Qué emociones emergerían si dejáramos de reprimir lo que sentimos en cada etapa del ciclo?
Un ejemplo de avance hacia esta conciencia corporal es el caso de España, donde en 2022 se convirtió en el primer país europeo en aprobar una ley que permite a las mujeres solicitar una licencia médica por menstruaciones dolorosas. Esta medida, lejos de fomentar debilidad, valida una experiencia corporal real y reconoce que el bienestar también implica descanso, pausa y respeto por los procesos del cuerpo. Otros países como Japón, Corea del Sur y Zambia también cuentan con licencias similares, aunque su implementación aún enfrenta resistencias culturales y laborales.
Escuchar al cuerpo es, entonces, un acto político, espiritual y afectivo. Es cuestionar el mandato de desconexión, y decidir, en cambio, tratarnos con respeto, ternura y comprensión. Es cambiar el paradigma del control por el de la presencia.
Y tú, ¿en qué momento del ciclo te sientes más conectada contigo misma? ¿Qué necesitas aprender a validar de tu experiencia emocional y corporal? ¿De qué forma puedes convertir tu ciclo menstrual en una herramienta de autoconocimiento y cuidado?
Columna de reflexión
Jessica Ortega Palavecinos
Docente y escritora
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