Año 1910.
Es ya largamente pasada la media noche. La lluvia tenaz ha formado charcos opacos, grueso lodo en calles y caminos. Un hombre aterido de frío, bajo una manta raída y mojada, llega hasta una casa muy conocida por todos. Y con fuerza y confianza golpea la puerta. Al poco rato esta se abre y una voz pregunta:
– ¿Qué desea?
El que ha golpeado explica con angustia:
– Se me muere mi niño, señor…
Diez minutos más tarde, el hombre marcha de vuelta acompañado de otro hombre. Llegan al rancho donde agoniza un niño, cuidado por su madre que ya no tiene lágrimas.
– Doctor, por favor…
– No, hija, no soy doctor, pero estoy a sus órdenes.
Se ha despojado de su abrigo y su sombrero. Es un hombre maduro, peina canas y tiene también blanca la barba. Hay algo en él que infunde confianza, seguridad, fe. Saca un termómetro y espera. Mientras lo hace, mira la habitación que un velón ilumina. Los dueños de casa le observan en silencio, sin perder uno solo de sus gestos. Retira el termómetro del cuerpo enfermo y lee sus signos.
La madre dice los síntomas que ha notado en el chico, y dando explicaciones por haberlo hecho venir a esa hora se disculpa:
– Usté, señor es el único que lo puede sanar…
Dice verdad la mujer. Aquel hombre no es médico, pero tiene conocimientos científicos que lo habilitan, a falta de médico, para acercarse a la curación de algunos males. Por lo demás un profesional de la medicina habría que ir a buscarlo a Santiago, a varias leguas de distancia. Y para ello, en primer lugar, hay que tener dinero.
Tomemos en cuenta, también, los malos caminos, el invierno, las incomodidades que asignarían a una petición de consulta y de visita la más segura negativa.
El visitante saca de uña pequeña valija unos remedios, mientras opina sobre el mal que aqueja al niño, y alienta a la mujer:
– Creo que con esto lo mejoraremos. Tenga confianza. No llore. Si el niño la ve llorar se sentiría peor.
Después hace otras preguntas. Y saca en consecuencia que en aquel rancho se come poco, o quizás no se come. Y antes de despedirse, en vez de cobrar o exigir remuneración en alguna forma, se acerca discretamente al cajón que hace de velador, y deja unos cuantos billetes.
La emoción pone brillantes y húmedos los ojos del matrimonio pobre. La bondad de aquel hombre tiene para ellos contornos infinitos. Es en persona un símbolo de la caridad y del más alto sentido humanitario. Antes de sacudirse de su emoción, han mirado desaparecer hacia la calle al bienhechor. Afuera no hay veredas: hay agua y barro. La lluvia resuena rotunda en los techos y el viento hace vibrar los árboles.
Solitario, calado de agua y de frío, pero feliz de haber podido servir, regresa a su casa el boticario don Marcos Pérez Inzulsa, que jamás hizo de sus conocimientos un negocio sino un apostolado.
Lo demuestra el hecho que siendo único en la región, circunstancia comercial favorable, al morir había perdido todo su capital.
El tiempo ha pasado, pero el recuerdo de las nobles acciones con que don Marcos honró su nombre, se conservará por mucho tiempo todavía.
Fuente: El Itinerario Maipino, Caupolicán Montaldo.
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