La Jornada Escolar Completa (JEC), implementada en Chile en 1997, tuvo como objetivo principal mejorar la calidad y la equidad de la educación mediante la ampliación del tiempo de permanencia de los estudiantes en la escuela. Con ello se buscaba aumentar el tiempo pedagógico destinado a asignaturas fundamentales, abrir espacios para talleres artísticos, deportivos y de desarrollo integral, y ofrecer más oportunidades a niños y jóvenes de contextos vulnerables. Sin embargo, tras más de dos décadas de implementación, cabe preguntarse: ¿ha cumplido este modelo con sus objetivos? ¿O más bien ha generado nuevas tensiones en la vida escolar, docente y familiar?
Uno de los principales logros de la JEC ha sido la ampliación del tiempo pedagógico. Esta medida permitió destinar más horas a asignaturas fundamentales como Lenguaje y Matemática, y en teoría, abrió la posibilidad de incorporar talleres de arte, deportes o actividades formativas que apuntaran al desarrollo integral del estudiante. De hecho, algunos estudios señalan leves mejoras en pruebas estandarizadas, lo que muestra cierto impacto en el rendimiento académico. Además, el aumento del tiempo escolar tuvo un componente social: al mantener a niños y jóvenes más tiempo en la escuela, se buscaba también protegerlos de contextos de vulnerabilidad, disminuyendo el tiempo de exposición a riesgos en la calle.
No obstante, estas promesas conviven con consecuencias que tensionan el modelo. En la práctica, muchas escuelas no contaban con la infraestructura adecuada para una jornada extensa: faltaban comedores, bibliotecas o espacios deportivos, lo que transformó las horas adicionales en una extensión mecánica de las clases tradicionales. Así, lo que se pensaba como un espacio de creatividad y expansión, terminó muchas veces siendo una rutina extenuante tanto para estudiantes como para docentes. Surge aquí la primera pregunta: ¿de qué sirve más tiempo en la escuela si este no se traduce en experiencias educativas significativas?
En este sentido, resulta interesante observar cómo funcionan los sistemas educativos de países que encabezan los rankings internacionales. Finlandia, por ejemplo, tiene jornadas más cortas que Chile —en promedio cinco horas diarias—, pero concentra su fortaleza en metodologías innovadoras, formación docente de excelencia y una fuerte confianza en la autonomía escolar. Corea del Sur, en contraste, combina largas jornadas y alta exigencia académica, con un fuerte apoyo familiar y cultural hacia la educación. Singapur, otro referente, centra su éxito en el rigor académico, la enseñanza del inglés como lengua común y programas de innovación temprana. Estos ejemplos muestran que no existe un único modelo de éxito: algunos logran buenos resultados con menos horas, otros con más, pero todos coinciden en algo esencial: la calidad del tiempo escolar importa más que la cantidad.
El cansancio y la desmotivación estudiantil son otra de las consecuencias visibles. Los niños, niñas y adolescentes permanecen largas horas sentados en salas de clases, con poco espacio para el juego, la exploración o la reflexión. ¿No estamos acaso reduciendo la infancia a un calendario académico extendido? Por otro lado, los profesores enfrentan jornadas igualmente largas, muchas veces sin la valoración ni los recursos necesarios para innovar. ¿Puede un docente inspirado sostener su motivación en condiciones de sobrecarga laboral y con pocas instancias de apoyo real?
Hoy, más de veinte años después de su implementación, la pregunta que deberíamos hacernos es profunda: ¿queremos seguir midiendo la educación por la cantidad de horas que un niño pasa en la escuela, o por la calidad de lo que aprende y experimenta en ella?
Columna de opinión de @Jess_munay
¿Te gustó esta noticia?
Recibe las mejores noticias de Puente Alto cada semana directamente en tu correo.
📧 Sin spam • Cancela cuando quieras • +2,500 suscritos


