Por estas riberas del Maipo se conoce la historia de aquel señor muy rico, que un día desapareciera de entre los muros de su casa sin dejar rastros. Había vendido su alma al diablo por un montón de patacones, y por mucho que éstos corrieran en gastos y gastos, no disminuía el prodigioso montón. Cuando venció el plazo, el diablo quiso llevarse su alma, pero el rico, le había echado llave, mejor creía esconderla dentro de su cuerpo, haciéndola inalcanzable para el señor de las tinieblas.
Pero “más sabe el diablo por viejo que por diablo”, y recordando otros sucedidos de lejanas épocas, se llevó al rico con “camouflage” y todo, vale decir cuerpo y alma, vestimentas y tintas simpáticas.
Allí en la margen norte del Maipo hay también una casa, cuyo primer morador, hombre de grande y repentina fortuna, llegaba a veces a media noche en un carro con ruedas de fuego y unos nerviosos caballos fosforescentes, mientras aullaban todos los perros del contorno. Desde que muriera el dueño, en el mirador del edificio se albergaban los murciélagos por cientos y cientos.
El nuevo dueño un ocupante de la casa dijo un día a un hijo suyo :
– Mañana al alba derribamos ésa torre.
Y cuando los peones subieron dispuestos a deshacer los muros de madera y adobillo, ningún avechucho negro se encontraba en él, y no se han vuelto a conocer, tampoco, en la región.
Y a todo esto, he aquí que nos encontramos una tarde con el hombre que ha estado más cerca de todas estas cosas sobrenaturales. No son muchos los años que le faltan para la centena. Pero coordina bien lo que alcanza a recordar. Y habla de estos campos y estos caminos, y de hombres y circunstancias que tienen una gracia de leal evocación, y un sentido de chilenidad pura y agreste.
En su niñez conoció al diablo. Lo oyó hablar, escuchó una indicación suya y salvó a un pariente de la ruina. Lo curioso es que el diablo, visto así, a través de las palabras y el recuerdo de este anciano, no nos parece mala persona. Al contrario, defendía a los incautos y le jugaba sucio a los tahúres profesionales.
Veamos cómo. El hombre que evoca tenía entonces quince años. Estaba un día en su casa, casa de inquilino de un fundo de Pirque, cuando oyó hablar en el patio a una persona extraña. Se asomó, y ve a un caballero muy simpático y bien vestido. Esa es toda la impresión que perdura a través del tiempo. Los detalles se pierden en la distancia cronológica.
El caballero al verlo le dijo:
– Anda a ver a Miguel que está jugando, y tiene una parada muy grande. Le van a echar la carta a la puerta.
Entonces el muchacho, obedeciendo sin razón por qué, emprendió una rápida carrera de dos cuadras, hasta
donde su familiar estaba tirando a la suerte unos pesos, unos pobres pesos duramente ganados, y al llegar gritó como poseído:
- ¡Tenga mano, tallador, tenga mano!
El tallador se detuvo, y entonces él cambió la postura jugándole a la otra carta. Y los pesos se salvaron y cundieron. Nadie más vio al caballero del oportuno consejo.
Y tenía que ser el diablo, no más, porque ¿cómo a dos cuadras de distancia estaba viendo las cartas que iban a salir?
Fuente: Itinerario Maipino.
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