Cada segundo domingo de mayo, se celebra en muchos países el Día de la Madre. Una fecha que, en apariencia, honra el amor incondicional, la entrega y el sacrificio de las mujeres que maternan. Sin embargo, en medio de flores y saludos automáticos, rara vez nos detenemos a mirar qué hay detrás de esa figura materna idealizada. ¿Qué implica realmente ser madre en una sociedad que no cuida, no reconoce y no acompaña ese rol? ¿Cómo hablar de maternidad sin hablar de desigualdad, de abandono institucional y de la falta de decisión sobre el propio cuerpo? ¿Cómo no recordar que la maternidad, para ser libre, debe ser deseada?
La frase “la maternidad será deseada o no será” ha cobrado fuerza en movimientos feministas de América Latina y el mundo. No se trata solo del derecho a decidir si se quiere o no ser madre, sino también de evidenciar que, incluso cuando sí se desea, el contexto sociocultural y económico muchas veces convierte esa experiencia en una carrera de obstáculos.
Ser madre en la actualidad, especialmente en países como Chile y gran parte de América Latina, implica una profunda postergación personal y profesional. Según cifras del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, en Chile más del 48% de las mujeres que no buscan empleo lo hacen por razones de cuidado, en contraste con solo un 5% de los hombres. La maternidad, lejos de ser un motivo de realización personal sostenida por el Estado y la comunidad, se convierte en una carga silenciosa que empuja a la precarización de la vida: menos ingresos, menos tiempo, menos oportunidades de desarrollo, mayor agotamiento y muchas veces aislamiento emocional.
Además, la coparentalidad es aún una utopía. Aunque la ley contempla permisos de postnatal parental para los hombres, su uso es mínimo: según datos de la Superintendencia de Seguridad Social de Chile, menos del 0,4% de los padres acceden al postnatal que les corresponde. La crianza sigue siendo vista como un asunto casi exclusivo de la madre, reproduciendo un modelo patriarcal que valida la ausencia masculina y sanciona la sobre presencia femenina.
Pero incluso antes del nacimiento, es común evidenciar que la gran mayoría de los hombres no están preparados para acompañar emocionalmente los procesos de embarazo y puerperio. No porque no puedan, sino porque la cultura no los educa ni los sensibiliza en ese rol de contención. Las mujeres atraviesan cambios físicos, hormonales y psicoemocionales profundos en soledad. ¿Quién sostiene a la mujer que gesta?
En las últimas décadas, Chile ha implementado diversas políticas públicas orientadas a apoyar la maternidad y promover la equidad de género. Algunos de los avances más significativos incluyen:
- Ley de Postnatal Parental (Ley N.º 20.545, 2011): Esta ley extendió el permiso postnatal a 24 semanas, permitiendo a las madres optar por 12 semanas adicionales a tiempo completo o 18 semanas a media jornada. Además, contempla la posibilidad de transferir parte de este permiso al padre, promoviendo la corresponsabilidad en el cuidado de los hijos.
- Programa Chile Crece Contigo: Iniciado en 2007, este programa ofrece apoyo integral desde la gestación hasta la infancia, incluyendo controles de salud, talleres prenatales y el Programa de Apoyo al Recién Nacido, que entrega un set de implementos básicos para el cuidado del bebé.
- Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados (Chile Cuida): Impulsado por el gobierno actual, busca redistribuir las responsabilidades de cuidado, garantizando que esta tarea no recaiga exclusivamente en las familias y, en particular, en las mujeres.
- Ley “Papitos Corazón”: Esta legislación facilita el cobro de pensiones alimenticias adeudadas, haciendo efectiva la responsabilidad parental y aliviando la carga económica que muchas veces recae únicamente en las madres.
- Reducción de la jornada laboral a 40 horas: Esta medida busca mejorar la conciliación entre la vida laboral y familiar, beneficiando especialmente a las madres trabajadoras.
A pesar de estos avances, persisten desafíos significativos para asegurar una maternidad digna, alejándose enormemente de países que resultan ser un gran ejemplo en este ámbito, comprendiendo que apoyar la maternidad es una tarea social y política. En Suecia, por ejemplo, el permiso parental compartido alcanza los 480 días, con amplias garantías salariales y flexibilidad laboral, mientras que Canadá y Noruega cuentan con subsidios familiares, acceso gratuito a servicios de salud perinatal y cuidado infantil de calidad.
Frente a esto, cabe preguntarse:
¿Por qué se celebra a la madre, pero no se asegura su bienestar emocional, físico y económico?, ¿Qué condiciones necesitamos transformar para que maternar no implique perder la autonomía?, ¿Cómo sería una sociedad donde nadie tenga que elegir entre maternar y vivir dignamente?
Este Día de la Madre no basta con regalar flores. Hace falta voluntad política, empatía social y una transformación cultural que deje de romantizar la entrega y comience a hablar de derechos. Porque la maternidad no debe ser impuesta ni sufrida: debe ser elegida, acompañada y protegida. Solo así, podremos celebrar a las madres no por cuánto se sacrificaron, sino por cuánto pudieron vivir y crecer junto a sus hijas e hijos, en libertad y dignidad.
Columna de opinión de Jessica Ortega
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