En 1942 el escritor y periodista puentealtino, Caupolicán Montaldo, publicó el Itinerario Maipino, una crónica de Puente Alto y del Cajón del Maipo que hasta hoy maravilla con sus historias, mitos y leyendas de la provincia. Asimismo, el texto ofrece una mirada al contexto de la época y cuenta los inicios de esta bella comuna.
Una de sus narraciones se titula “La Venganza“, la que nos pone en los zapatos de Pangrande y su intento por descubrir un tesoro oculto en la Piedra del Padre o Del Fraile, ubicada en San José de Maipo.
¿Sabes cómo le fue a Pangrande en su travesía? ¡Sigue leyendo!
La Piedra del Fraile
Yendo de subida el tren pasa el túnel frente al kilómetro 44, y desemboca otra vez frente a un recio panorama de cordillera. Tiene que serio, pero llama la atención la violenta curva del río, lamiendo una pared de roca de unos veinte metros de altura, vertical, enhiesta, desafiadora.
Más o menos en mitad de esa roca, una formación sobresaliente tenía cierto parecido a una figura humana que vistiera hábitos sacerdotales. Por esa a la piedra se le llamaba la Piedra del Padre o del Fraile, y a la vuelta
del río que va paralelo al camino, se le llamaba, asimismo, la Vuelta del Fraile .
La creencia popular veía en aquella figura el guardián de un tesoro. Un tesoro de los jesuítas o de un monje renegado y fugitivo. Las leyendas se sucedían y despertaban el afán curioso de unos y la codicia de los otros.
Hasta que un día Pangrande se decidió a revelar este misterio. Pangrande había sido soldado de Ferrocarrileros. Le llamaban así por que era alto, corpulento, y al mismo tiempo ‘como el pan”, vale decir servicial, y con una gran dosis de buena voluntad .
Como palanquero había pasado innumerables veces frente a la Piedra del Fraile. Conocía la historia y la creía. Allí a los pies de la figura pétrea tenía que estar escondido el tesoro. Pangrande soñaba con desentrañar el secreto de la cariátide y hacerse rico.
Manos a la obra
Un día se decidió. Terminaba su contrata. Retornó a la vida civil. Y de inmediato puso manos a la obra. Un fuerte pico de minero, machetes y taladros, fueron sus principales herramientas. Sin contar, por cierto, con su entusiasmo y su desprecio a las advertencias que el Fraile vengaría con la muerte cualquier intento de
invasión a sus dominios.
Con constancia, tenacidad y vigor, Pangrande fue abriendo en la roca un estrecho sendero. Muchos días de trabajo duro, áspero, esforzado, lo fueron acercando al vigilante padrecito.
Abajo corría el río convertido en torrente. El agua llena de vértigos, espirales y amenazas, no marcaba la cabeza del trabajador. Arriba muchas veces los cóndores, viéndole tendido en el sendero mientras taladraba la piedra, le creyeron presa segura. El viento le golpeaba el rostro y las manos como queriéndole decir que no avanzara.
Pero era un obstinado. De los grandes obstinados es la victoria. Hasta que un día llegó a los pies mismos de la conformación que daba el nombre al lugar. Y entonces Pangrande efectuó su labor cumbre. Una larga mecha, prendida desde respetable distancia, llevó fuego hasta el cartucho de dinamita que esperaba a los
pies del Padre. Se oyó una explosión que hizo estremecer toda la mole. El Fraile giró sobre su base, como buscando la mirada del hechor para ana-temizarlo, y cayó al río desde lo alto.
Pangrande llegó otra vez al sitio del suceso. Y a pesar de su busca y su rebusca, a pesar de la picota y los
taladros, a pesar de su entusiasmo y de su fuerza, nada halló.
Con el dolor del fracaso no se había fijado, en una cortadura hecha por los filos de las piedras en uno de sus pies, pues trabajaba descalzo para apoyarse mejor. Lloró su fracaso a solas. Lavó después sus pies en el río, y se volvió a Puente Alto, triste, derrotado.
La herida en el pie se le infectó. Luchó largamente Pangrande por mejorarla. Pero no hubo, remedio. Y una
noche llegó la venganza del Fraile, sin que nadie la pudiera atajar. Las esperanzas, las angustias y los dolores del ex soldado terminaron así para siempre.
Fuente: Itinerario Maipino.
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