Leyenda recogida de la tradición oral de la Provincia Cordillera. En Itinerario Maipino de Caupolicán Montaldo. Santiago, 1942.
Tres arrieros de Pirque, localidad ubicada al sur de la Provincia Cordillera, desarrollaban sus labores habituales arreando animales cuando un día decidieron salir a buscar varios de ellos que se habían perdido en la precordillera de los Andes, en un sector conocido como “El Carretón”.
En vísperas de Viernes Santo, de los tres arrieros, dos se adelantaron y acordaron con el tercero que les diera alcance en cuanto pudiera.
Las madres de estos arrieros eran mujeres de gran fervor religioso, por esa razón, suplicaron a sus hijos que no realizaran su viaje en Semana Santa, que esperaran unos días, porque no se debía trabajar en Viernes Santo. Pero estos hombres no escucharon las recomendaciones de sus afligidas madres y subiendo a sus caballos, cabalgaron hacia las montañas sin miramientos.
Llegada la noche, los primeros dos hombres decidieron acampar, juntaron leña y encendieron una fogata para
beber y comer alimentos calientes. De pronto, escucharon el trote de un caballo y aliviados, pensaron que se trataba de su compañero, el tercer arriero que había demorado su partida. Sin embargo, al acercarse más, apareció ante sus ojos un enorme caballo y montado sobre él, una magnífica silueta con ropas y capa oscura y cuyas formas resaltaban al contraste de una luna llena.
El hombre, se bajó de su portentoso caballo y sin decir una sola palabra, se sentó al calor de la hoguera y junto a los hombres, quienes lo saludaron y le ofrecieron compartir su bebida y sus alimentos. Sin embargo él no respondió a sus saludos y a sus gestos amistosos, lo que llevo a los hombres a pensar que su compañero se habría enojado, y con el deseo de increparlo, lo miraron a los ojos descubriendo que brillaban como brasas ardientes.
Los hombres huyeron aterrorizados y mientras corrían se persignaban y elevaban oraciones al cielo. Una vez
lejos, echaron una mirada hacia atrás y pudieron ver cómo la oscura silueta del que habían creído su compañero, se subía a su caballo, se alejaba galopando y dejando tras de sí un penetrante olor a azufre.
Recuperando el aliento, sobreponiéndose a la impresión y recordando las advertencias de sus madres, los dos arrieros regresaron raudamente a sus hogares, seguros de haber sido visitados por el Diablo, en castigo a su desobediencia y falta de fe.
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