Hay noticias que golpean más allá del titular. No solo por lo que revelan, sino por lo que esconden. Más de mil funcionarios públicos renunciaron tras detectarse el mal uso de licencias médicas: permisos extendidos, viajes internacionales, privilegios disfrazados de enfermedad. Lo indignante no es solo el número, sino quiénes figuran entre los responsables: asesores ministeriales, directivos de confianza, personas que legislan o asesoran políticas públicas. Personas que deberían ser ejemplo, no estafa.
Pero mientras en esos pasillos del poder se firmaban licencias para volar lejos, en comunas como Puente Alto donde la vida pesa más que el sueldo, miles de personas seguían trabajando con fiebre, ansiedad o dolores crónicos, porque enfermarse significa dejar de comer. Sí, así de brutal.
La licencia como privilegio y no como derecho
Quien vive en un barrio popular lo sabe: pedir una licencia médica es casi un lujo. Hay que suplicar atención, hacer filas eternas desde las 5 de la mañana, demostrar con papeles el dolor que ya llevas encima. Y cuando por fin te la dan, los tiempos de pago se alargan tanto que la angustia crece más rápido que la recuperación. A veces esperan años…
¿Cuántas mujeres jefas de hogar siguen yendo a limpiar casas con el lumbago partido, por miedo a perder el ingreso? ¿Cuántos adultos mayores siguen trabajando a los 70 años porque la pensión no alcanza ni para los remedios? ¿Cuántos hombres postergan su salud mental porque el sueldo es a trato y no hay margen para detenerse?
Mientras tanto, altos cargos públicos se paseaban por el mundo con licencia médica en mano. No es solo abuso. Es una bofetada a quienes creen, todavía, que el trabajo honesto vale.
El trabajo como castigo para unos, privilegio para otros
Desde el Trabajo Social, sabemos que la enfermedad en contextos de pobreza no solo duele, también se sufre en silencio. Porque faltar al trabajo es perder el día. Y perder el día, es quedarse sin pan. La salud no se recupera en el reposo cuando el refrigerador está vacío o los hijos esperan útiles escolares.
Esta noticia revela un país fracturado. Uno en el que los beneficios sociales pueden ser manipulados por quienes están en la cima, mientras se burocratizan hasta la humillación para quienes viven abajo.
Ética pública: lo que no puede seguir fallando
Renunciar no borra la falta. Es solo una salida elegante cuando ya no hay cómo justificar el abuso. Pero aquí no basta con renuncias. Hace falta sanción, reparación y sobre todo, reflexión ética.
Si las licencias médicas son utilizadas como escapatoria por quienes legislan, asesoran o dirigen servicios públicos, ¿con qué cara se le exige al resto cumplir? ¿Cómo sostener un Estado que se desmorona por dentro?
Hoy más que nunca, necesitamos reconstruir la confianza pública desde el ejemplo, no desde el privilegio. Y también desde la conciencia de clase: porque mientras algunos se dan el lujo de descansar mintiendo, otros trabajan enfermos para no morir de hambre.
Por Maritza Ortega Palavecinos, trabajadora social @trabajosocial_saludpublica.
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