¿Es el feminismo lo mismo que el machismo? ¿Por qué, ante la sola mención de la palabra “feminismo”, tantas veces se encienden alertas, juicios o resistencias? ¿Qué tememos perder cuando una mujer alza la voz, se nombra, se libera? ¿Y qué hemos perdido ya, como humanidad, al sostener durante siglos una estructura patriarcal que ha mutilado tanto el alma femenina como la masculina, e invisibilizado a las identidades que escapan de la norma?
Estas preguntas surgen en una época donde el discurso feminista se expande, pero aún debe abrirse paso entre malentendidos y prejuicios. Uno de los más frecuentes —y peligrosos— es el que sitúa al feminismo como un reflejo invertido del machismo: como si se tratara de una guerra de géneros y sexos, de una revancha, de un deseo de superioridad femenina sobre lo masculino. Esta analogía no solo es errónea, sino que distorsiona profundamente el sentido original y ético del feminismo.
Si bien es cierto el feminismo se centra en visibilizar y reparar las desigualdades que afectan a las mujeres, desde su origen es también un movimiento social, político y cultural que busca la igualdad de derechos y dignidad entre seres humanos. No nace del odio, sino de la conciencia. No busca aplastar al otro, sino desenmascarar un sistema —el patriarcado— que ha impuesto jerarquías, ha naturalizado violencias y ha negado a muchas personas su autonomía, su historia, su cuerpo, su palabra.
Pero no solo ha herido a las mujeres. ¿Qué ha hecho el patriarcado con los hombres? ¿Qué modelo de masculinidad ha promovido? ¿Cuántos niños han crecido reprimidos emocionalmente, obligados a ser fuertes, duros, dominantes, incapaces de pedir ayuda o expresar vulnerabilidad sin sentir que traicionan su “rol”? ¿Cuántos hombres han vivido desconectados de su dimensión afectiva, obligados a competir, a poseer, a callar?
El feminismo, lejos de atacar a los hombres, cuestiona ese mandato que también los daña. Y a la vez, se alía con quienes han vivido históricamente al margen del relato dominante. Propone un horizonte común: la construcción de una sociedad más equitativa, más libre, más amorosa. Un mundo donde todos podamos coexistir sin supremacías, y donde toda identidad tenga el derecho a habitarse sin miedo.
El patriarcado no es sinónimo de “hombre”, sino de una estructura histórica de poder que ha asignado valores distintos a lo masculino y lo femenino, colocando lo primero por sobre lo segundo. Esta estructura ha legitimado violencias, ha normalizado la desigualdad, ha institucionalizado el silencio de muchas y la omnipotencia de algunos. Pero también ha desconectado a los hombres de su ser emocional, ha invalidado la ternura, ha criminalizado la fragilidad, ha puesto la competitividad por encima del cuidado, y ha perseguido a quienes no se ajustan al molde.
¿Cómo sería una sociedad donde los hombres pudieran criar sin ser juzgados, llorar sin ser burlados, pedir ayuda sin sentir que pierden poder? ¿Cómo sería un mundo donde las mujeres pudieran caminar sin miedo, amar sin renunciar a su libertad, crecer profesionalmente sin tener que demostrar el doble? ¿Y cómo sería un mundo donde cada persona pudiera nombrarse desde su verdad, sin temor al rechazo o la violencia?
El feminismo auténtico no busca culpables, sino caminos. Es un movimiento que incomoda, sí, porque interrumpe privilegios; pero también porque nos obliga a mirar nuestras propias heridas, tanto las visibles como las invisibles. Su tono puede ser firme, pero su raíz es profundamente ética y amorosa. Nos invita a revisar nuestras relaciones, nuestros lenguajes, nuestras formas de amar, de liderar, de criar, de convivir.
Por eso, urge superar el discurso dicotómico que enfrenta a hombres y mujeres como enemigos naturales. Ese discurso también es patriarcal. La lucha feminista no es contra los hombres, sino contra una cultura que nos ha hecho creer que hay un género superior al otro, una voz más legítima, un cuerpo más digno de habitar el mundo. Incluir a las disidencias no es una concesión, sino una coherencia con el principio que sostiene esta lucha: toda vida merece respeto, libertad y plenitud.
No seremos una humanidad libre mientras solo la mitad tenga derecho a ser escuchada, mientras el poder esté ligado al género o al sexo, mientras el cuidado siga siendo tarea de unas pocas, mientras ser distinto siga siendo peligroso. El feminismo es una invitación a imaginar otra forma de estar juntos y juntas: no desde la revancha, sino desde la justicia; no desde el miedo, sino desde la ternura; no desde la superioridad, sino desde la igualdad radical.
¿Seremos capaces de mirarnos sin prejuicios, de escuchar lo que hay detrás del grito, del silencio, de la resistencia? ¿Podremos desarmar juntos lo que nos ha separado? ¿Qué nueva humanidad podríamos construir si reconociéramos que el dolor es compartido, y que la sanación también puede serlo?
Ahí, quizás, empieza el verdadero cambio.
Columna de opinión de Jessica Ortega (@jess_munay).
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