Un niño dispara a plena luz del día afuera de un colegio. Otro muere apuñalado en una plaza mientras sus compañeros graban la escena. En distintos puntos del país, adolescentes se enfrentan con rabia, con piedras, con cuchillos, con lo que tengan a mano. Lo graban, lo suben, lo comparten. Y nosotros también. Nos indignamos. Comentamos. Pedimos castigo. Algunos incluso dicen que ya no hay vuelta atrás, bajar la edad de responsabilidad penal adolescente. Un sin fin de ideas por parte de todos los jueces que son parte de la sociedad.
Pero lo que ocurre frente a nuestros ojos no es un problema nuevo. Es la consecuencia visible de una fractura profunda, antigua, estructural. No es violencia escolar. Es desesperación, abandono y rabia acumulada. Es dolor transmitido de generación en generación. Es sobrevivencia. Es lo que ocurre cuando una sociedad deja de cuidar. Lo que vemos en los titulares es la punta de un iceberg que se fue formando en el silencio de muchas decisiones: políticas que postergaron la inversión en salud mental infantil, recortes a programas comunitarios, cierre de espacios culturales, falta de acceso a vivienda digna, hacinamiento, pobreza heredada y normalizada.
Detrás de cada adolescente que participa en una riña o en una balacera, hay una historia que nadie quiso mirar. Hay quienes crecieron rodeados de gritos, de golpes, de indiferencia. Niños que vieron más armas que libros. Que no tuvieron a nadie que los consolara cuando lloraban. Que aprendieron desde temprano que ser duro era una forma de sobrevivir… No sabían lo que era tener una familia.
Y cuando la familia está ausente o sobrepasada, el colegio debiera sostener. Y si el colegio no alcanza, debe sostener la comunidad. Si la comunidad tampoco puede, entonces debe sostener la salud. Y si todo lo anterior falla, el Estado tiene el deber de no fallar. No se trata de reemplazarse unos a otros, sino de entender que alguien tiene que estar. Alguien tiene que ver. Porque ningún niño debiese crecer sin al menos un adulto que le diga: “Aquí estoy, no estás solo”. Cuando todos los círculos de cuidado se rompen, lo que queda es el abismo. Y en ese abismo, los adolescentes aprenden a sobrevivir sin vínculos, sin referentes, sin sentido, sin reglas, sin normas, sin empatía por el otro.
Y aún así, nos atrevemos a exigirles que se comporten. Que asistan al colegio con entusiasmo. Que no se rebelen. Que obedezcan. Como si la obediencia fuera posible cuando tu vida se ha construido en torno a la supervivencia. Como si el respeto por la autoridad fuera natural cuando solo has conocido abuso o indiferencia. Como si fuera razonable pedirles “control de impulsos” a quienes nadie les enseñó a nombrar sus emociones. Cuando esos adolescentes finalmente estallan, el sistema los llama “peligrosos”. Pero nadie dice que antes fueron niños invisibles. Nadie asume que lo que hoy nos asusta, es el resultado de lo que ayer ignoramos.
Y es importante decirlo claramente: no busco justificar la violencia. No se trata de exculpar ni de restar gravedad a los hechos. Se trata de comprenderlos en su contexto más profundo, para no repetirlos. Para que, en vez de reaccionar con odio o indiferencia, empecemos a actuar con responsabilidad, con humanidad, con coraje social. Porque comprender no es permitir. Es intervenir con justicia. Es mirar más allá de la superficie y atreverse a transformar.
Y entonces proponemos más castigo. Más cámaras. Más expulsiones. Más encierro. Como si eso resolviera el origen. Como si se pudiera corregir la herida con miedo.
Pero la violencia no se combate con represión. Se enfrenta con cuidado. Con presencia real. Con inversión sostenida. Con redes de apoyo. Con prevención que no sea solo una palabra de informe. Con equipos que acompañen, que escuchen, que estén. Porque lo que necesitamos no son castigos más severos. Necesitamos reparación.
Reinserción, rehabilitación, reparación, restitución de derechos y responsabilidad social compartida. Esas son las cinco acciones urgentes que este país necesita tomar con seriedad. No como eslogan. No como excusa. Como compromiso real. Reinsertar no es volver a matricular a un niño y dejarlo solo. Es crear condiciones para que se quede, para que no abandone, para que sienta que alguien lo espera.
Rehabilitar no es castigar con un taller de control de ira. Es entender que hay traumas profundos, que muchos de esos jóvenes vienen quebrados, que el consumo, la rabia y el desborde emocional son formas de anestesiarse frente a la vida.
Reparar es reconocer el daño que ya está hecho, y empezar a construir otras formas de relacionarnos. No desde el juicio, sino desde el vínculo. Desde el reconocimiento de la humanidad del otro, incluso cuando ha hecho daño.
Restituir derechos es dejar de mirar a los adolescentes como amenazas y empezar a verlos como lo que son: personas con derechos humanos. Derechos que no se cancelan por equivocarse. Derechos que se ejercen con acompañamiento, no con aislamiento. Y la responsabilidad social compartida implica dejar de cargar todo sobre los hombros de las familias o de las escuelas. Es responsabilidad del Estado, de los municipios, de los medios, de las iglesias, de la comunidad. De todas y todos.
Porque no es casual que los niños que hoy están en los titulares de prensa vengan, en su mayoría, de los mismos territorios que históricamente han sido marginados. De comunas donde los recursos siempre llegan con cuentagotas. Donde la escuela pública sostiene a punta de vocación lo que debiese sostenerse con recursos. Donde los equipos psicosociales son mínimos para realidades infinitas. Donde los CESFAM no dan abasto y los programas de intervención se licitan por año como si la reparación emocional pudiera planificarse en ciclos presupuestarios.
Cuando un niño mata, la pregunta no puede ser solo “¿qué hizo?”. La pregunta tiene que ser también “¿qué le hicimos?”. ¿Qué no hicimos? ¿Dónde estábamos todos cuando ese niño vivía rodeado de violencia y nadie lo vio? ¿Dónde estaban las políticas públicas cuando se empezaba a desregular emocionalmente en la infancia? ¿Dónde estaban las respuestas cuando dejó de ir al colegio? ¿Quién lo abrazó cuando lloró por primera vez por miedo?
No hay fórmulas mágicas. Pero sí hay caminos. Y el primero es dejar de mirar con miedo y empezar a mirar con humanidad. Porque si seguimos tratando a nuestros adolescentes como enemigos, si seguimos criminalizando la pobreza, si seguimos estigmatizando los barrios populares, lo único que haremos será alimentar más violencia. Y entonces la historia se repetirá. Otra plaza. Otro colegio. Otro titular. Otra muerte.
No podemos seguir viviendo así. No podemos seguir enterrando adolescentes mientras discutimos en redes sociales quién tiene la culpa. Este país necesita cambiar de raíz. Con valentía. Con ternura. Con justicia.
Porque cuando un niño muere en la calle, no es él quien falló. Fallamos todos.
Por Maritza Ortega Palavecinos
Trabajadora Social
@trabajosocial_saludpublica
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