Mientras el país repite la frase “pasaron agosto” como un dicho popular, miles de personas mayores lo hacen en hospitales, en la calle o en soledad absoluta. No es un motivo de orgullo, es una deuda pendiente.
Cada 31 de agosto, en Chile, repetimos casi como un chiste eso de que “los adultos mayores pasaron agosto”. Lo decimos con ligereza, como si fuera una prueba superada, un triunfo sobre la muerte, sin preguntarnos qué implica realmente “pasar agosto” en un país que les ha dado tan poco.
Pasaron agosto, sí.
Pero lo hicieron solos.
Muchos lo pasaron hospitalizados, no porque estuvieran gravemente enfermos, sino porque no había nadie que los recibiera en casa. Pasaron el invierno ocupando una cama que ya no necesitaban clínicamente, pero que se transformó en su único refugio, porque afuera solo los esperaba una pieza vacía o un abandono definitivo.
Otros pasaron agosto en la calle, invisibles bajo cartones, esquivando el frío y la violencia, cargando años de vida que deberían ser respetados y no desechados.
Pasaron agosto en casas donde nadie llega. Personas mayores que se levantan cada día para prepararse un té con el único pan del día, que no pueden prender la estufa por miedo a no pagar el gas, que sobreviven comiendo lo justo, estirando las monedas, haciendo cálculos imposibles entre remedios y alimentos. Pasaron agosto recordando a hijos que no llaman, a familias que ya no están, y a un Estado que no aparece.
Pasaron agosto trabajando en silencio, pese a haber cotizado, pese a haber cumplido con todo lo que se les pidió. Los ves limpiando baños de madrugada, cuidando autos en esquinas frías, cargando bolsas pesadas en ferias, en oficios mal pagados y sin contrato. Les dicen que “no les pueden pagar imposiciones porque tienen pensión”, como si la pensión fuera suficiente para vivir, como si no fuera un acto brutal de precarización en sus últimos años.
Y, sin embargo, pasaron.
No porque el país les haya dado las condiciones para vivir dignamente, sino porque llevan toda una vida resistiendo. Porque aprendieron a sobrevivir en la adversidad, porque la cultura del aguante es su herencia y su condena.
Decimos que “pasaron agosto” como si fuera mérito nuestro, pero es una vergüenza colectiva. Ellos pasan agosto, septiembre, octubre… pasan los meses sosteniendo solos una vejez que debería ser acompañada. Y cada vez que repetimos esa frase sin cuestionarla, seguimos normalizando el abandono.
¿Qué podemos hacer por ellos?
Desde lo comunitario:
Fortalecer redes vecinales y comunitarias que reconozcan y acompañen a las personas mayores. Espacios de encuentro, comedores comunitarios, visitas periódicas, redes de apoyo barrial que impidan que alguien envejezca en completo silencio.
Desde lo familiar:
Recuperar el vínculo y la responsabilidad afectiva. Llamar, visitar, preguntar, estar. No basta con “responder cuando hay urgencia”. Las personas mayores necesitan sentirse parte, no una carga.
Desde la política pública:
Reformar el sistema de pensiones para garantizar ingresos dignos. Implementar políticas de cuidado universal, fortalecer programas de acompañamiento domiciliario y erradicar el abandono hospitalario. Que nadie más “pase agosto” porque no hay dónde ir tras un alta médica.
Este 31 de agosto, cuando escuches “pasaron agosto”, recuerda: no es un motivo de celebración. Es una denuncia viva: en Chile, la vejez se sobrevive, no se vive. Y cambiarlo es tarea de todas y todos.
Columna de opinión de @trabajosocial_saludpublica.
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