Hace unos días, una imagen del diputado Gonzalo Winter desayunando en Puente Alto con pan ciabatta, cappuccino y agua mineral Pellegrino desató una oleada de críticas en redes sociales. Pero no por sus ideas, su trayectoria o lo que conversó con los alcaldes Matías Toledo y Tomás Vodanovic. No. Lo que provocó escándalo fue lo que había sobre la mesa.
Y entonces surgió la pregunta cargada de burla, prejuicio y clasismo:
¿Ese es un desayuno típico de Puente Alto?
Como si en esta comuna no pudiéramos tomar café de especialidad.
Como si tener acceso a un pan artesanal fuera una falta de respeto.
Como si vivir en el sur de Santiago nos condenara- eternamente- a consumir lo más barato, lo más precario, lo más básico.
Como si la dignidad fuera una escenografía que hay que mantener… para que otros se sientan cómodos con su discurso.
Y entonces me lo pregunto en serio:
¿Qué esperaban que comiéramos? ¿Miseria?
¿Tazas rotas? ¿pate de ternera? ¿Marraquetas?
¿Una puesta en escena que tranquilice al poder diciéndole: “aquí nada ha cambiado”?
¿Un menú que reproduzca fielmente la pobreza que han administrado durante décadas?
Soy puentealtina. Nací en la población Maipo, donde mi mamá – madre sola – nos crió con coraje y ternura. A fin de año armábamos una gran mesa de té en Marcos Pérez para celebrar la Navidad en comunidad. Todos asistíamos a todos los cumpleaños. Compartíamos lo que teníamos. Había pobreza, sí. Pero también había alegría, barrio, afecto. Y sobre todo, había ganas de salir adelante.
Estudié en el Colegio Las Mercedes cuando aún era de monjas. Trabajé desde los 15 años vendiendo fotos con mi tío, el reconocido fotógrafo Juan Palavecinos, cronista visual de tantas memorias puentealtinas. Fui a la universidad sin redes ni contactos, pagándome los estudios a punta de esfuerzo. Me titulé. Me volví a titular. He trabajado por años en salud pública. He representado a mi profesión en congresos nacionales e internacionales. Todos los cargos que he obtenido han sido por concurso público.
Cuando pude comprar mi casa propia, tenía la posibilidad de hacerlo en distintas comunas. Pero no lo dudé: elegí quedarme en Puente Alto. Porque aquí está mi raíz. Aquí están mis amigas de la infancia, mi red familiar, mi gente. Las que no fallan. Los que están cuando hay que reír, cuando hay que llorar, cuando se cae la vida o se levanta un sueño. Aquí me conocen desde siempre, y me sostienen sin que tenga que explicar quién soy. Elegí quedarme donde me siento acompañada. Porque pertenecer también es resistir donde una quiere florecer.
Y aun así, hay quienes creen que debo seguir “comiendo como pobre”.
Como si fuese ofensivo que una mujer que salió de la pobreza se permita saborear un agua cara.
Como si la superación tuviera que ocultarse para no incomodar.
Como si el éxito sólo estuviera permitido para quienes nacieron con privilegios.
¿Hasta cuándo vamos a permitir que se nos imponga una estética de la precariedad?
¿Hasta cuándo el poder va a exigir que sigamos representando la carencia… para que su discurso se vea más legítimo?
Puente Alto ha cambiado. Crecido. Avanzado. Resistido: hoy tenemos metro, institutos profesionales, malls, universidades, restaurantes, pymes, bancos, centros de salud, cultura popular, ferias, arte y una comunidad diversa que empuja con sus impuestos, su trabajo y su empuje.
Ya no somos la caricatura que algunos quieren seguir contando.
Somos una comuna con historia, con belleza, con potencia social.
Somos profesionales, madres jefas de hogar, trabajadoras, emprendedores, técnicos, creadores, activistas, docentes, estudiantes, artistas, y líderes territoriales. Algunos de ellos – como el propio alcalde Matías Toledo – nacidos y criados en este mismo suelo, que hoy gobiernan con los pies bien puestos en el barrio.
Somos hijas e hijos del rigor. Por eso, sabemos muy bien lo que necesitamos y lo que queremos.
Pero también sabemos, con la misma certeza, de dónde venimos. Y eso nunca lo olvidamos.
Sabemos lo que es cuidar un billete como si fuera oro. Lo que es caminar con miedo y aún así salir. Lo que es estudiar sin tener cómo pagar el pasaje, pero ir igual.
El rigor nos enseñó a desear con claridad. A valorar lo pequeño. A mirar la vida con hambre de justicia.
Y si hoy queremos comodidad, belleza o un buen desayuno, no es porque renegamos del pasado.
Es porque lo honramos… luchando por un presente distinto.
Y si queremos tomar un agua mineral en botella de vidrio o comer pan ciabatta con rúcula y jamón serrano, lo vamos a hacer. Porque podemos. Porque queremos. Porque lo que caracteriza a Puente Alto no es lo que come, sino que nunca olvidamos de dónde venimos.
El clasismo no está en el pan que comemos,
sino en creer que hay comunas donde no deberíamos comerlo.
La pobreza no es una identidad que debamos sostener para complacer a nadie.
Es una condición estructural que muchas veces hemos enfrentado… y que muchas otras hemos vencido.
No confundamos lucha social con la obligación de representar escasez.
No confundamos cercanía territorial con precariedad estética.
No confundamos justicia social con romantización de la pobreza.
Y a quienes todavía se incomodan porque en Puente Alto ya no todo es carencia, les tengo una noticia:
vamos a seguir creciendo, aprendiendo, avanzando, comiendo rico, tomando café del bueno, y luchando por un país más justo.
Porque la verdadera transformación no se mide por lo que hay sobre una mesa,
sino por cuántas mesas existen, a cuántas personas invitan a sentarse y qué se conversa en ellas.
Y en Puente Alto, la conversación ya empezó. Y no nos vamos a callar.
Por Maritza Ortega Palavecinos – Trabajadora Social, puentealtina, @trabajosocial_saludpublica
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